Una vida sin examen no merece la pena

Reseña sobre Contemplaciones de Zadie Smith

Zadie Smith dice en el prólogo que leyó Las meditaciones de Marco Aurelio buscando asideros prácticos en medio de la pandemia. De alguna manera su propio libro conserva esa condición pragmática. Menciona que busca con Contemplaciones (2020) expresar reflexiones y sentimientos de este tiempo. Son dos palabras que atraviesan su prosa aguda: reflexión, porque ella conceptualiza su realidad más inmediata, la desglosa y le mira las entrañas; sentimiento, porque las referencias y las lecturas están al servicio de indagaciones íntimas, de preguntas y posicionamientos personales frente a hechos sociales, frente a la pandemia y frente sí misma.

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El primer ensayo habla de la escritura y su incapacidad para contrarrestar la realidad que nos avasalla. A contra corriente, muestra cómo la escritura de hecho pone diques a esa realidad y funge como un método de resistencia. Al respecto esta cita:

“La experiencia —enigmática, abrumadora, consciente, inconsciente— nos arrolla a todos. Intentamos adaptarnos, aprender, acomodarnos, a veces resistiéndonos, otras veces sometiéndonos, para encarar lo que venga. Los escritores, sin embargo, van más allá: toman esa masa informe de perplejidad y la vierten en un molde de su propia invención. La escritura es siempre resistencia”.

Además de resistencia, dice Zadie que la escritura es control. En el texto tenemos un espectro amplio de recursos: podemos escoger el punto de vista, disponer de los hechos y ordenarlos, podemos seleccionar la adjetivación, los sustantivos, los silencios. En la realidad estamos inermes. La salvedad surge para los lectores, puesto que la lectura les provee de un repertorio de reacciones posibles a eventos inesperados, disruptivos. La desinencia verbal nos otorga una orilla, donde, aunque sea de manera ilusoria (y lo sabemos), se puede dejar atrás la deriva de la experiencia, moldearla y quitarle un poco de su ceguera.

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El segundo ensayo habla de un tema de indignación: el sistema de salud estadounidense. En la crisis de la pandemia, Trump pedía que ojalá se pudiera volver a la vida de antes donde no había muerte. Zadie ve en estas afirmaciones una especie de presentación pública de la muerte. No quiere decir que no estuvo, siempre hizo presencia, pero de forma fragmentada, disfrazada de la lucha contra la pobreza, contra la migración. Estuvo la muerte cuando tenías el color de piel incorrecto, o cuando estabas del lado incorrecto de la fe. Ahora, sin distinción, la muerte ataca a todas las clases sociales. Los virus son democráticos. Aun así, en Estados Unidos se le sigue vendiendo el derecho de la salud al mejor postor. Solo por esta vez hubo una excepción, solo por esta vez la salud fue una política pública. Antes se denigraba el trabajo de enfermeras, enfermeros y médicos, ahora son héroes. Antes la muerte no estaba, de hecho, qué lindo, pensaría Trump, volver a la realidad del pasado con los muertos del lado correcto de la balanza, nunca del lado blanco de la balanza.

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Zadie hace una confesión real. Se escribe para hacer algo. Ella habla del tedio de la gente con capacidad adquisitiva, cuyo aburrimiento durante la cuarentena necesitaba llenarse. Lo anterior le dio pie para hablar de lo que motiva la escritura: hacer algo. Pero ¿qué pasa cuando hacer algo se vuelve simplemente un medio para eludir la inactividad? Hacer algo como relleno. Hacer algo como piloto automático. Hacer por hacer en el vacío. Zadie acude al amor. (Por cursi que suene lo tomé como cierto). Se hace algo con amor para otros (una torta de plátano, un libro) y este hecho adquiere una dimensión significativa, vital.

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Ella habla de una enfermedad tal vez más letal y por supuesto más constante en el tiempo: la indiferencia por el sufrimiento del otro. De otra enfermedad, que es el racismo estructural de Estados Unidos y la muerte de George Floyd. Enfermedades, eso es lo que se ve, eso es lo que se silencia de manera hipócrita. Mientras tanto el Covid se lleva el trono mediático.

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Zadie llama “Capturas de pantalla” a una serie de pinceladas cotidianas. Un hombre que se para en la calle con un cartel que dice: “Soy un asiático que se odia a sí mismo, hablemos”. Por supuesto, el incidente genera turbación en la autora, que trata de desentrañar los mecanismos paradójicos del odio introyectado, pues el odio suele ser hacia los otros, hacia lo distinto al yo, hacia afuera.

Sus masajes de espalda, sus hijos, su condición de escritora anónima en una megalópolis apocalíptica. Todo esto abordado con el tamiz de su mirada aguda se convierten en hechos complejos, que acumulan y revelan tensiones sociales, existenciales, artísticas.

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Su forma de sentir me hace recordar muchas cosas que preferí ignorar en el confinamiento. Marco Aurelio le sugirió a Zadie dialogar consigo misma, compartir ese diálogo. Eludir nuestras circunstancias es una forma de ignorancia, una muy profunda y dañina.

Ojalá uno pudiera escribir así. Yo, que estoy corroído de silencio.

Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.

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