Ensayo de Nicolás Peña Posada
Los vecinos no se conocen, los apartamentos miden veinte metros cuadrados: aparta-estudios. No hay apodos, no hay sancocho en la terraza, la gente casi no se saluda. Los edificios son verticales, suben para alejarse de la tierra; las grandes ciudades han comenzado a crecer para arriba. Rascacielos, oficinas, call-center, puentes colgantes, autopistas de tres pisos. Nadie invita a nadie a pasar, hay unos límites claros entre los espacios. La prudencia, el silencio, «el recelo entre sonrisas y cuidadas cortesías», escribe María Mercedes Carranza; una clara separación de lo público y lo privado.
Pasa otra cosa en los barrios populares. Dicen los Alcolirykoz: «Las casas se abrazan cuando dormimos, tan estrechas / que todos soñamos lo mismo». Estos dos versos me hacen pensar en varias cosas: en los cuadros de Fredy Serna de Castilla: esas pinturas de la cancha de microfútbol y las calles y las casas pegadas, arrejuntadas, inseparables; en Gilmer Mesa y su escritura sobre Aranjuez; la familia y los amigos, los pepes y el narcotráfico, pero también el cariño y la cuadra; y, finalmente, en Helí Ramírez, el poeta de las lomas, quien influenció a Víctor Gaviria con su Mizia Selina conbertia las valdozas en ezpejoz, esas zetas confundidas con eses y esas bes enredadas con uves.
En esos dos versos está contenida una poética, los ranchos unos sobre otros, como dientes chuecos, amontonados, estrechos, y el sueño compartido, que es también el lenguaje compartido, la vida de todos juntos, la reunión y la cercanía. Cuando pienso en Alcolirykoz pienso en esto: una vida más horizontal y menos vertical, casas de adobe en vez de edificios, donde los vecinos se conocen. Tiendas y picados de micro, el combo y los apodos, porque: «el que no tiene alias es porque no lo quiere nadie».
Bautizar a alguien es reconocerlo, darle un lugar: Chiqui, Flaco, Rata, Pezuña. Poner un apodo es definir una relación, crear una cercanía. Cuando alguien arma fiesta en el barrio todos se enteran, la música se vuelve comunal (no individual), la calle se toma, se comparte. En Alcolirykoz y en Helí Ramírez la diferencia entre lo privado y lo público se confunde: se es en la medida en que se hace parte del barrio, se es porque se tiene un alias. Rodolfo Aicardi y Armando Hernández, el chucu-chucu. La música decembrina se escucha todo el año, no se diferencia bien de dónde sale la cumbia, porque es de todos, porque las casas se confunden, tienen las ventanas abiertas, las puertas, se escucha el grito de las cuchas y los cuchos y las peladas
Las casas están más cerca de la tierra, no tienen esa suspensión de los apartamentos, ese distanciamiento. De ahí que toque conversar, saludar cuando se va al trabajo: se vive en compañía. Además, las casas están más cerca de los parques, de las canchas donde se juegan los picados. Helí Ramírez fue al primer poeta que le leí un poema sobre microfútbol, se llama En la cancha, y comienza así:
Vamos llegando a la cancha
Las galladas y barras de cada equipo a los lados de la cancha
Clásico entre las dos galladas.
El micro es una fiesta, una celebración. La cancha también es de todos, es el festejo y la puñalada, pero también el encuentro de la amistad. En la cancha todos son iguales, hasta que alguien hace un túnel, una cuca, una rabona, y toma, tu patada, para fuera por cochino. Los que ganan se van a la tienda al tercer tiempo, los que pierden probablemente también.
En el barrio lo público se vuelve central, y por eso en la poesía de Helí y en la música de Alcolirykoz se vive junto a otros, en un lugar donde el lenguaje es conversacional, pues siempre hay un diálogo, siempre hay alguien ahí al lado, parando oreja; el que narra es el chismoso. Helí es un chismoso, ha escuchado mucho, Kaztro, Gambeta y Fa-zeta son unos chismosos, y entonces en sus poemas está el ruido de esa multitud, la contaminación, el olor de los chorizos y las arepas.
Dicen los Alcolirykoz en la canción Medellificación:
No utilices nuestra música
pa’ promocionar tu podrida campaña política
que a ninguno le creemos
Al fútbol callejero es al único partido al que pertenecemos
Fútbol callejero, cinco contra cinco, pisos As, árbitro enguayabado, los combos haciendo barra en las gradas, las galladas. Helí Ramírez y Alcolirykoz cantan esa ciudad que todavía tiene espacios comunes, encuentros públicos. La casa se confunde con la calle y la calle con la casa, los asados se hacen ahí, en el cruce, y por eso los personajes en Helí y Alcolirykoz beben en la aceras, los andenes, porque les pertenecen, y ya no hay una ciudad deshabitada, privada, en la que cada quien está en su espacio individual, sino que se toma y se apropia y se vuelve colectiva, y lo mismo pasa con el lenguaje, los dichos, los gritos, el vendedor de aguacates, que aparece y resuena en los poemas, porque la lengua no es una cosa fija, estable, sino que tiende al desorden y la caótico. El poema pasa a ser un espacio abierto, incluso sucio, en vez de algo cerrado, finito, pulcro.
El rap de Alcolirykoz es ese palimpsesto de la algarabía, la fiesta, una celebración, igual que en Helí: hay una polifonía, alguien llama a alguien, aparecen voces y la música parece ser un tropel, un bonche de lenguaje volcado sobre la canción o el poema; igual que en Fredy Serna y esos cuadros de casas amontonadas, manchas de adobe y estuco. Se mezcla todo: la violencia y la farra, los pillos y los sanos, los tíos y los sobrinos, todo es co-habitable, hay una simultaneidad como en las escenas de Víctor Gaviria.
Las jerarquías se disuelven en el lenguaje y el poema y la canción se vuelven la coexistencia de registros, formas de hablar, maneras de estar en el mundo: un horizonte más empático y diverso, más cercano a la gente, menos abstracto y mucho más concreto, matérico. Se bebe ron, se juega billar, se fuma bazuco en la esquina —dice Fredy Serna que las z y las s de Helí son los silencios que se hacen cuando se echa un plon—.
El lenguaje es el lugar de la posibilidad, del diálogo, de la conversación, de lo cotidiano y ahí todas las personas que viven en el barrio se encuentran, se juntan, tienen un espacio, porque es en y desde la polifonía que se construye la vida, no en el lugar aislado y silencioso, no en lo cerrado y privado, sino en lo público, lo popular, lo comunitario.
No hay un centro fijo, hay movimiento, los poemas de Helí se desplazan, igual los cuadros de Fredy, igual las canciones de Alcolirykoz. Se recorre, se habla, se cuentan historias. Es un universo narrativo donde constantemente está pasando algo, y esto se escucha y se replica, se vuelve parte de la historia común del barrio, porque esto es lo que pasa, cada vida hace parte del gran mito del lugar donde se vive. La historia no es un centro, un lugar prefijado, sino que se narra una y otra vez, desde múltiples perspectivas. Por eso cuando leemos a Helí o escuchamos a Alcolyrykoz nos sentimos parte, sentimos que nos están hablando como si estuviéramos sentados en un petaco de cerveza escuchando a un amigo; el interlocutor está ahí, al lado, como en la cantina o en el bus, parando oreja, echando rulo.
Esta poesía es específica de un lugar, pareciera imposible traducirla porque el lenguaje es focalizado, y entonces uno se pregunta si lo que tanto se ha dicho es cierto: ¿debería hablar la poesía a todo el mundo? ¿Debería ser universal? Y parece que tal vez no, de pronto lo particular de un lenguaje, de un lugar, lo intraducible, es lo que le da forma a la poesía. O cómo podrían hablar de esto en otro país, en otra lengua:
A Monra vuen amigo jenerozo
con un corson gigante
quecerbia aztacon loque no
Era del la muerte
ganando tan chicanera de terror
Letoca pito
porquinta ocasion y arraxa zuz sueños
Las palabras parecen en ese amontonamiento del barrio, calles estrechas y compartidas, unas sobre otras, pegadas, juntas, arrastrándose. Dicen los Alkolirykoz:
Sigue la guaracha, faltan dos lucas pa’ la chicha
Las polas donde don Alirio salen más baratas
Saco a bailar las beatas, la tarea te la explico
Con tiza pa’ matar cucaracha
Estos dos ejemplos muestran algo que me parece fundamental y es que hay obras que apuntan a lo particular de un espacio, eso singular, no la globalización, ese turismo sexual actual; entonces la escritura ya no es lo que encontramos similar de nosotros en otros, sino más bien la diferencia. No es solo un reconocimiento, como se ha dicho, un compartir algo, es también lo que no podemos ser, lo que nos es extraño y distinto. La poesía funda también la otredad, ese concepto tan manipulado y manoseado, abre el horizonte porque particulariza la vida, la experiencia y el lenguaje.
Y es ahí donde Helí y Alcolirykoz encuentran un lugar para contar ese universo de Castilla y Aranjuez, los dos barrios que narran, esas lomas de Medellín, esas comunas del rap y el punk y las golosinas de sal: empanadas que se venden en las esquinas con ají.
Los barrios ya no cargan con el imaginario de lo marginal y lo violento, no son, únicamente, esos lugares oscuros y hostiles donde están los pillos y las ollas; en los barrios hay una vida festiva que han construido entre los vecinos sin necesidad de un Estado, sino que se han organizado y, como hablaba Estanislao Zuleta, en vez de estar esperando que las cosas les lleguen han decidido actuar. Ese discurso del centro y lo marginal se borra, ya no es el extranjero, el antropólogo, el sociólogo universitario el que va a contar lo que pasa en ese otro lugar, desde una mirada limitada, sino que, como dice Portavoz: «no hacemos rap pal pueblo, somos el pueblo haciendo rap». Ahí radica la diferencia de la mirada y del lenguaje.
Helí fue tal vez de los primeros poetas en abrir ese camino, escribir con una jerga, un lenguaje y una hortografía propia del lugar en el que se encuentra, sin exotizar, sin esa condescendencia de la mirada externa; una poesía horizontal, en el sentido de mirar desde al lado y no desde arriba; una poesía concreta, particular y matérica. El barrio es la posibilidad del encuentro, repito, las distancias entre lo privado y lo público se disminuyen y se funda una colectividad que crea conjuntamente y sufre conjuntamente, y se embriaga en la terraza y en la calle; hace propio los espacios, que ya no son esos lugares de tránsito de la ciudad moderna o posmoderna, esos lugares ajenos y liminales, como en los cuadros de Hopper, sino que son identificables según unas prácticas y unas experiencias que los narran.
El barrio, la comuna, deja de repetir los lugares comunes aceptados por el imaginario social, la poesía y la música le permiten una nueva representación, una nueva forma de pensarse y hacerse. El arte deja de ser un rincón de pocos, aislado, abstracto, privado, y se vuelve expandible, dialogante, abierto. Y todas las voces están ahí, distinto a lo que pasa en la otra ciudad, ese lugar de las distancias. En el barrio de Helí y de Alcolirykoz la polifonía es el ruido, surge de la conversación y la multiplicidad de voces, el encuentro de los personajes. Contrario a lo que pasa en los barrios gentrificados, turísticos, llenos de edificios de Airbnb; esa globalización desenfrenada, esa comunicabilidad para todo el mundo, de slogans y marcas, por eso: «el sonido de la gentrificación es el silencio».
Y como dice un amigo, «Para la muestra, un botón»: que prendan los parlantes y pongan Guillermo Buitrago y saquen el guaro que hoy es quincena.

Canción: La típica
Artista: Alkolirykoz
Tiempo de filosofar
Aquí no dicen: “ser o no ser”
aquí dicen: “¿eso es bala o pólvora?”
Taxistas dicen: “yo no voy por allá”
Cerraron la calle, se va a armar la de Troya (au)
Una marranada es una tómbola
los tombos las prohíben
pero reciben donaciones navideñas
Huele a nuevo, hasta los muertos estrenan
Un chorro pa’ las ánimas
No me pise los tenis cuando pase
El evangelio de Juan Pachanga dice:
“Venid a mi casa, multiplicad los peces, el vino y las mujeres”
Pilas, que el sancocho sigue en la terraza
Este es el paraíso para eso
La gente no descansa hasta ver el sol
Entre obsequios y exequias
la receta es, dos tazas de nostalgia por una de alegría (au)
Meto veinte lucas pa’ matar esta sequía
Tengo varios difuntos atrancaos en la tráquea
Voladores desde un morro
Pilas con ese carro, ha pasao tres veces, pura fiscalía.

Poema: Adobes vivos.
Autor: Helí Ramírez
Carge y tarree en la colaboración de Copeye
para que se lo acabe de llevar el ajuiciamiento en una máquina
la cucha de tetas al ombligo
muele…
Pelas plátanos y yucas otras cuchas
una frena la curva del cuchillo en la cáscara de la papa
exterioriza su intriga por no conocer el nombre del man
padre del hijo de la hija de la vecina
preñada en el paseo al Peñol
peladas reparten moresco y limonada
la rastrillada de la pala en la mezcla
le destempla los dientes a doña Susa que lleva cebolla.
El cuchito de la visera de la cachucha en la espalda
en movimientos suaves y de un embión pule un hilo de adobes.
Hierves el sancocho
fuerte hueso levanta la tapa con las olas del caldo.
Las mujeres sirven por tandas y eso es:
desocupe el plato y a tarria que la plancha de la sala
y la primera pieza hay que echarla hoy para que vengan a vivir en un mes.
Se echaron cepas y se iniciaron muros para otra pieza.
Y en el manchón redondo donde se hizo la mezcla baila parejitas
interesadas en rozar sus cuerpos calientes.

Nicolás Peña Posada (Bogotá, Colombia, 1991).
Cursó la maestría en Escritura Creativa en la Univeraidad Central. Es literato y maestro en arte de la Universidad de los Andes. Actualmente, trabajo como docente en la Fundación universitaria Konrad Lorenz y es tallerista de escritura y lectura en Idartes. Co-fundador de la editorial independiente Danielito Bang y Mc del grupo de rap Los Amigos Imaginarios. Ha publicado los libros de poesía: La abuela nunca llora cuando corto las cebollas (2020), Tardes de domingo (2022), El marrano (2022) y No sabia que teníamos en común pisar hojas secas (2024). Fue uno de los ganadores del concurso de Poesía Reverso y su Libro Los desierto del hambre obtuvo mención de honor en el Premio de poesía Tomás Vargas Osorio. Ha sido finalista de otros concursos nacionales e internacionales.
*Las pinturas que aparecen son de Fredy Serna, puden ver su trabajo o seguir sus redes sociales en: https://www.facebook.com/jfredysernag
https://www.instagram.com/jfredysernag



