Las historias que el cine deja fuera de cuadro

Sobre El hombre que hablaba de Marlon Brando (Novela. Editorial Planeta) de J. J. Junieles

Por Lauren Iglesias *

Cartagena es una ciudad que ha sido el escenario de millones de historias, tanto ficticias como reales, a lo largo de su historia. En la novela El hombre que hablaba de Marlon Brando, J. J. Junieles nos invita a descubrir una de esas historias que, aunque pudo haber quedado oculta entre los bastidores de una filmación, se resiste a desaparecer.

Lo que comienza como una investigación periodística sobre el rodaje de la película Quemada (1969), aquella en la que Marlon Brando interpretó a un mercenario inglés en el Caribe, pronto se transforma en una búsqueda más profunda: el intento de reconstruir una memoria que se niega a ser olvidada entre la ciudad amurallada. 

Santiago Barón, un periodista con la terquedad de quien sabe que la verdad nunca se muestra en la primera página, asume el contrato de escribir sobre la película. Pero lo que encuentra en las calles ardientes de la ciudad no es solo la huella de un rodaje olvidado, sino una historia que el tiempo ha envuelto en brumas: la muerte de Evangelina Saumeth, una cantante que deslumbró a todos con su voz y cuya belleza la convirtió en un mito local. Su cuerpo fue encontrado en el mar, pero su historia, fragmentada en rumores y silencios que nunca se cerró del todo.

Aquí un momento inicial de la obra:

“A pesar de que el cuerpo estaba mordido de peces, picado de medusas, y castigado por las inclemencias de la muerte, Evangelina Saumeth, como luego se supo que se llamaba, todavía conservaba en el rostro un aura difícil de explicar, una paz que quisieran tener muchos vivos. Parecía una bella durmiente, bamboleándose en la cama de espumas del mar. Una muñeca rota y abandonada, con una larga cabellera que flotaba, como la aureola negrísima de una santa terrenal. El funcionario encargado de hacer el levantamiento del cadáver, un estudiante de medicina, novicio en los tratos con la muerte, movido por la inexperiencia o la piedad, se atrevió a escribir en el acta de defunción algo que nunca jamás había sido consignado en ningún memorial de esta naturaleza: “También la muerte puede ser hermosa” 

Junieles construye su novela, de 411 páginas, como si fuera una crónica oral en la que los recuerdos de aquellos que vivieron el rodaje se entrelazan con las grietas de la historia no oficial. En la historia hay personajes como Giuseppe Tomassi, el asistente personal de Brando durante la filmación de la película en 1968, quien sigue hablando de aquellos días como si fueran un exilio dorado, o los extras que participaron en la película, que quedaron atrapados en una historia más grande que ellos mismos y quienes que, de una forma u otra, fueron testigos de un tiempo que se resiste a desvanecerse.

Lo que hace especial a esta novela es la manera en que Junieles nos sumerge en Cartagena como si fuera un personaje más: una ciudad en la que la memoria se mezcla con la ficción, donde el pasado se percibe como un rumor constante y donde las historias no se cuentan en línea recta, sino que se despliegan como una red de fragmentos que el lector debe unir. Su prosa tiene un ritmo pausado, permitiendo que los detalles respiren y no caigan en el sofoco del acelere, donde las historias se desvanecen antes de desplegar toda su profundidad. No hay afán, porque la historia no necesita apresurarse; su poder radica en su capacidad para envolvernos poco a poco.

A medida que avanzamos en la lectura, nos damos cuenta de que El hombre que hablaba de Marlon Brando no es solo una novela sobre el cine o sobre un crimen sin resolver, sino sobre la persistencia de la memoria y el peso de las historias que se quedan al margen. Junieles nos recuerda que, a veces, las películas no terminan cuando la cámara deja de grabar y que la existe otra trama fuera de encuadre que ocurre entre aquellos que, sin quererlo, quedaron atrapados en ella.

Aquí otro aparte de la novela:

“(…) Sin embargo, para entonces yo no era muy consciente, ni había motivos para pensarlo, que actos inocentes como desempolvar la memoria de la gente hacen que salgan a la superficie cosas ocultas, inesperadas y peligrosas, que hasta ponen la vida en juego, porque hay gente para quien el olvido es su mejor aliado. Muy pronto recibiríamos señales de que este era uno de esos casos (…)”.

Hay un suspenso que se mantiene presente a lo largo de la novela, de diversas maneras, pero no de una manera vertiginosa, sino más bien como ese algo que envuelve la historia e insta a seguir leyendo por curiosidad de saber qué pasará. Hay momentos en los que la tensión parece aflojarse, como cuando la narración se detiene en la atmósfera o en las reflexiones sobre el cine y la memoria. Pero cada respuesta trae nuevas preguntas y eso hace que la historia avance con un ritmo particular, y me pareció interesante cómo una muerte se entrelaza con el eco de un rodaje olvidado, como si Cartagena misma se negara a soltar sus historias.

A manera de conclusión es una novela para quienes disfrutan de las historias que se cuentan en capas en donde los recuerdos y la nostalgia juegan un papel fundamental. Pero, sobre todo, es un libro que nos habla de la manera en que el pasado continúa proyectándose sobre nosotros, como una película que se niega a llegar a su escena final.

*Lauren Iglesias, profesional en Creación Literaria de la Universidad Central de Bogotá. Cuenta con experiencia en escritura para medios digitales y con un fuerte compromiso por la concienciación sobre autismo.

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