Reseña sobre guardaré mi corazón como mary shelley sabe hacerlo
Toco con las yemas las hojas. Las yemas poseen la mayor concentración de glándulas sudoríparas y permiten sentir los matices del tacto: texturas, superficies, temperaturas, presiones. Las yemas son la zona más sensible de la piel. Quizá guardaré mi corazón como mary shelley sabe hacerlo (2024) pudo escribirse sobre un vidrio empañado con el dedo, marcando las letras como quien ve llover. Al decir que el agua es un cristal nervioso Enriqueta Arvelo crea una metáfora sensorial. Así mismo, María José Sánchez convierte al poema en una tierra porosa. Quien lee sus palabras-tallo, sus palabras-raíz, es movilizado, pues incorpora posturas y sensaciones físicas como “cambiarse las medias / después de un aguacero” (p. 59). Leo el libro con las manos, aunque no sé braille y “nunca podré regalar mis ojos” (p. 19).
El poemario está dedicado “a los morados que habitaron mi piel”, como si la poeta quisiera rendir tributo al dolor y a lo entrañable. Lo íntimo, la carne, está sujeto al daño y al despojo: “rasguñando las piedras / aprendí a conservar / lo que amo / dentro de poemas” (p. 19), nos dice el primero de ellos. Es una declaración. El texto como bitácora para guardar instantes, canciones, jóvenes que se sientan en el piso sucio de los Transmilenios y otros presentes.
¿De qué estaría hecho este libro si no fuera de palabras? En cada página encontraríamos bichitos con caparazones coloridos, plantas, nidos. Me imagino una página de musgo, otra de nube, otra encharcada, otra con un radio viejo donde suena Roberto Carlos o Violeta Parra. El libro tiene ilustraciones de Eliana Leal de ballenas, de los bichitos antes mencionados (sin sugestión), de plantas y caracolas como a punto de materializarse. Hay algo en este libro que pide ser cuerpo.
guardaré mi corazón como mary shelley sabe hacerlo es susceptible de leerse como una estética de la ternura. ¿Qué caracteriza, o más bien, qué afecta a esta forma poética? Lo mínimo. Es el alfabeto de lo mínimo en donde se inscribe la ternura. Ante la inmensidad del universo, en un poema de Tagore, un dios inquiere por un ser pequeño que, a la pregunta de quién eres, responde: “solo soy una flor”. En un poema de Carlos Drummond de Andrade también se cuenta de una flor que perfora el tedio y el odio de una ciudad:
“Una flor nació en la calle.
Pasen de largo, tranvías, colectivos, río de acero del tráfico.
Una flor, todavía descolorida
burla a la policía, rompe el asfalto.
Hagan silencio absoluto, paralicen los negocios,
les garantizo que nació una flor.”
Lo insólito reside en lo insignificante. Las huellas dispersas de la luz, la mirada de la niña que entraña el mundo y la amistad son trazos con los que la voz poética de María José Sánchez se dibuja un corazón. Esta voz le restituye el alma al mundo, amasa a tientas la mirada, acuna al animal frágil de la memoria. La otredad es también una dimensión de la estética de la ternura. Es decir, lo mínimo y lo abierto (lo otro) hacen germinar a la poesía desde el núcleo de la ternura. La voz poética no se repliega, sino que acude a sus amigas, amplía su horizonte, irradia, abraza, asume el cariño como un diálogo ininterrumpido que la impulsa:
“escojo pensar que las palabras de mis amigas
serán raíces bajo tierra cuando no podamos leernos más” (p. 22).
Justo antes de los versos citados, escribe: “escojo tragar semillas de mandarina para que algo crezca cuando el mundo se detenga”. El afuera se interioriza, la individualidad se contamina dulcemente por la vida y su apertura. Como en el poema de Rómulo Bustos, quizá el comer semillas de mandarina produzca que “me deshaga en un numeroso bosque”. El cuerpo muerto arrastra una visión occidental trágica, pero en una poesía como la de María José el tránsito de la muerte es doloroso y vital a la vez, pues nuestra materia deviene universo. Se fragmenta el cuerpo, pero se integra a otra unidad más generosa e ilimitada:
“lo que mi lenguaje
apiló
en mi cuerpo
pintará
mi piel
de púrpura.
todo
volverá a la tierra.
la descomposición
llevará
letra por letra
en pequeños seres
con memoria
iluminada
lejos de
la madera
la ceniza
—el olvido—
algo crecerá
a partir
de mi madeja” (p. 62).
La voz poética se reconoce en la música, en la ciudad que recorre; observa polillas y nubes, cruza esquinas y parques, se asoma a verse en los charcos. El canto de Janis Joplin es un cúmulo de pliegues donde resuena lo perdido. Si bien hasta acá he subrayado la cualidad luminosa del libro, es necesario acotar que no se trata de poemas cándidos ni de un tono positivo y gratuito. Hay una dura consciencia del desastre en todos los poemas. De hecho, la palabra pérdida vuelve una y otra vez, sea de forma implícita o explícita. El arte de la pérdida de Elizabeth Bishop regresa. En dicho poema, Bishop afirma que todo tiene la intención de perderse. Es una paradoja que se pierde, justamente, en todas las traducciones, ya que Bishop escribe: “so many things seem filled with the intent to be lost / that their loss is no disaster”. No tenemos un equivalente en español, pero si leemos desde la literalidad, significaría que las cosas están llenas de pérdida. Como si la pérdida fuera una sustancia viscosa que se filtrara, inundara y transparentara las cosas de adentro hacia afuera; como cuando en la película Coco los muertos paulatinamente desaparecen al ser olvidados.
En otros términos, guardaré mi corazón como mary shelley sabe hacerlo habla de lo irrecuperable:
“abrazar a las arañas
después de pisarla
nunca les devolvió la vida.” (p. 25).
Hacerse pequeña crea posibilidades. Proporciona la capacidad de aprender las grietas, ubicar los intersticios. Las palabras, en la escritura de María José, se acomodan con la levedad del polvo que solo es visible dentro de esos rayos tenues del sol. En el poema titulado como el musguito en la piedra un personaje arranca un trozo de musgo de una corteza y se lo lleva en el bolsillo. Esa podría ser otra imagen de qué significa leer este libro: es arrancar los trozos suaves del planeta para llevarlos en el bolsillo, pero en ese acto (aparentemente bello) hay desgarramiento. En lo tierno también habita la crueldad.
Es una emoción diáfana la que irradia este libro curado por Amapola editoras. María José Sánchez hizo una apuesta vital: “ahora habito la ternura de forma radical” (p. 53). La nombro a ella y eludo el tropo de la voz poética, porque en ese verso se diluyen texto y vida: se lee como una afirmación existencial más que estética. María José decide ser radical, que no quepa duda, convertir en amarillo y cálido su camino en este tiempo inhóspito. Un aire denso y triste nos circunda, pero se llora con Brian Eno y se abraza la panza para resistir a la circunstancia de la lluvia por todas partes.
Una tensión transversal al libro es la de aquello que intenta permanecer en su ser, pero al mismo tiempo tiende a la desintegración:
“mi cuerpo,
al igual que los caracoles,
quiso ser su propio hogar.
buscaba resguardar
cada rincón
que desprendía de sí mismo.” (p. 46).
El título da luces. Mary Shelley guardó el corazón o un órgano interno de su esposo por treinta años. Lo único de su cuerpo que subsistió. Ese resto orgánico intacto es la ruina del ser amado y a su vez se descompondrá. El principio de impermanencia —sugerido por el budismo— nos enseña que si hay una naturaleza del ser, está en la ausencia. Somos vacío. Lo más constante es el vacío en el universo: la materia oscura, el espacio insondable, los planetas sin vida. La existencia, como Confucio afirmó, es un paréntesis en medio de dos nadas. María José Sánchez en su primer libro integra el esplendor y el miedo de haber nacido, escupida en tierras extrañas. En su libro indica un destino amable: la curiosidad y el asombro como guarida.
Cristian Camilo Garzón
Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.



