Escúchala, es la ciudad respirando

Reseña sobre La estación del pantano

El método de escritura de Yuri Herrera es poético. Una novela se escribe por capítulos, un cuento por párrafos, un poema por versos o por palabras. En una novela el lenguaje está al servicio de la claridad y la comunicabilidad. En el cuento incrementa la tensión narrativa y la temperatura del lenguaje: hay claroscuros, intersticios. La poesía, contrario a la novela y el cuento, es la oscuridad total, una penumbra, un concierto negro. El lenguaje deja de hacer significado, se aniquila su capacidad comunicativa: entra en un estado de calor extrema y pierde cohesión molecular; quizá por eso el poema se escribe palabra a la palabra, como si el lenguaje se hubiese atomizado, desprendido: la poesía está en el lugar de lo innombrable, le pone nombres nuevos a los nombres de las cosas.

Yuri Herrera escribe borrando. Escribe desescribiendo. Primero hace una lista de palabras relacionadas a la novela en proceso de escritura. También hace otra lista con palabras que le llaman la atención por su significado, su sonoridad o su misterio. De la primera lista lo importante es su omisión, es decir, todas las palabras esenciales del libro son totalmente desterradas, pero indican una dirección con su silencio. Me explico. Supongamos que Yuri escribe una novela sobre un cantante de narcocorridos, que ocurre en la mansión de un capo. De esa novela, según el método, tendríamos que eliminar palabras como: mafia, cocaína, lavado, traqueto, droga, mula, etcétera. Es presumible qué palabras fueron suprimidas de novelas previas como Señales que precederán al fin del mundo (2009): migración, guerra, coyote, exilio.

¿En La estación del pantano (2022) cuál pudo ser la palabra medular? Canaille, un término francés para hacer referencia a la chusma, al vulgo, a la clase baja. De esas personas se compone Nueva Orleans, la ciudad protagonista de La estación del pantano. Donde emerge de forma oblicua el sustantivo canaille, sin decirse directamente, es cuando Madame Doubard (una señora mayor, antigua corista y dueña de un hotel) les dice esto a unos mexicanos desterrados:

“–Antes de que la ciudad existiera, para que existiera, mandamos gente ciega, es lo que los europeos siempre hacemos: enviamos gente ciega, o ciega a medias, que vea únicamente qué puede arrancarse o extraerse para no perder el tiempo con lo que hubiera antes ahí. Luego ya podemos empezar. Y esta ciudad comenzó con enfermos, prostitutas, ladrones, borrachos. Desde Francia empezaron a mandar todo lo que no querían. Eso fue hace mucho, pero a algunas se nos quedó la costumbre de no avergonzarnos de ser eso, desechos. ¿Puede haber un lugar más interesante que donde se arroja lo que no sirve? Ahí es donde se fermenta lo nuevo, donde cada persona aprende a hacer algo distinto, aunque los que lo arrojaron no lo quieran ver”. 

A ese lugar, donde lo nuevo puede abrirse como un grano de luz en la frente, llega Benito Juárez en 1853. Junto a varios de compañeros fragua, desde ese aislamiento soporífero y alucinante, la retaliación contra el dictador Santa Anna, que gobierna despóticamente el México de la época. La sublevación posterior, la expulsión de los invasores franceses, la presidencia de México, la reforma liberal que separó la iglesia del estado y toda la impronta política y social que dejó Benito Juárez está registrada en los anaqueles históricos. Los dieciocho meses que Juárez pasó exiliado en Nueva Orleans, empero, no cuentan con ningún dato verídico, salvo una anotación en su autobiografía indicando la fecha de llegada y la fecha de partida de la ciudad. Un silencio es un secreto. Un silencio es un prisma que descompone la luz en muchos matices. 

El silencio de la estancia de Juárez en Nueva Orleans nos lleva otro detonante de la creación en Yuri Herrera, a saber, las preguntas. La de Herrera es una escritura que oscila entre los silencios, la revelación poética de las palabras y las preguntas. La estación del pantano partió de dos incógnitas, que sirvieron de eje a la novela: ¿qué aprendió Juárez en el exilio? ¿Y por qué Nueva Orleans es incomunicable? Ambas preguntas comprenden personaje y espacio-tiempo. A Juárez lo absorbe la ciudad como una esponja, al punto que se entrelaza, vibra y se confunde en ella. La algarabía, los crímenes, los incendios, el olor a mierda, los zapatos enlodados, las cantinas sonando tambores de todos los tamaños, el baile, los hoteles de mala muerte, el mestizaje, son solo una parte de la desmesura que choca sus sentidos. La ciudad es incomunicable porque le respira en la nuca, le transmite un choque eléctrico: ¿y cómo se describe eso? Al Juárez de mármol Yuri Herrera lo convierte en un molusco sensible, desbordado por tanto estímulo: “Seguía sin saber qué estaba viendo. Desde que habían llegado el paisaje estaba salpicado de fosfenos, como cuando uno se aprieta fuerte los ojos”.

El archivo histórico para Yuri Herrera es una sugerencia, un punto de partida y nunca de llegada. En el vacío de esos dieciocho meses no hay indicios de qué pudo haber llevado a Juárez a proponer, pocos años después, los cambios socio políticos más determinantes de la historia de México en el siglo XIX, que desembocarían en la República. En Nueva Orleans Juárez trabaja liando puros, se enamora sin llegar a consumar su deseo, deambula, entra en la fiesta nocturna y se tropieza con una dura realidad: la esclavitud. En su momento, Nueva Orleans fue el mercado esclavista más grande de Estados Unidos. Lo que presencia Juárez son las subastas atroces donde se ofrecen adolescentes vírgenes para violarlas y crear descendencia —y esclavizar a los hijos, por supuesto—, hombres encadenados, capaces de alzar rocas como exhibición de su fuerza, hombres hechos añicos por golpizas con látigo, vendidos a un precio más bajo. Les llaman manos, manos sin personas. Y deciden hacer la subasta, a la que asiste un Juárez perplejo e indignado, allí donde estas personas antes se reunían a cantar y a ejercer la memoria.

Benito Juárez García, un indígena oaxaqueño, tendría que haber visto en el rostro de los marginados una fuerza, en la efervescencia cosmopolita de la ciudad un horizonte de posibilidades, y un designio en la fiebre amarilla que le dio durante la oleada de calor en Nueva Orleans. Esos hechos fragmentados, que afectan el cuerpo —porque esta es una novela corporal— y la psique de Juárez, habrán proporcionado al oaxaqueño una perspectiva ampliada, una imaginación extendida y una mayor capacidad de obrar en el futuro. Se sabe que Juárez fue un abogado inteligente, pero más allá de los libros es probable que en estas experiencias del exilio, primero en Cuba y luego en Estados Unidos, se forjara su temple y su carácter. Hay un fundamento invisible para la historiografía, una verdad de la que solo la ficción puede dar cuenta. En La estación del pantano esta verdad inaprensible abarca al Benito Juárez en su transformación durante ese viaje inmóvil a Nueva Orleans, atascado en un pantano vital y geográfico, lleno de frustración, gastándose el dinero de su esposa y de sus hijos (necesitados en México), mientras planea una conspiración infructuosa.

Escrita como si fuera un poemario, seleccionando cada palabra a partir de su resonancia y su eco, La estación del pantano es la segunda incursión de Yuri Herrera en un archivo —luego de El incendio en la mina El Bordo publicada en 2018—, pero esta obra desdice los principios compositivos de la novela histórica, propuestos desde Walter Scott. Aquí no hay un argumento situado en un pasado objetivo, más bien la novela se adentra en un presente vívido, singular, onírico, repleto de detalles e intenso. La investigación de Yuri Herrera fue exhaustiva, pero, como la poesía misma, una dispersión controlada la guía: toma elementos musicales, demográficos y medioambientales, un collage del entorno que rodeó a Benito Juárez. Un propósito de esta investigación es imaginar cómo se pudo haber sentido Juárez en esa cotidianidad desmembrada que le ofrecía la ciudad. 

La estación del pantano no es una novela ideológica —elude lo abstracto o el plano del pensamiento—, como podría ocurrir al narrar a un prócer. No es una novela histórica, sino una novela de antropología especulativa, como afirmaría Saer. Antropología porque nos permite a los lectores acceder a zonas oscuras y vedadas, que secretamente configuran la subjetividad de Juárez, al tiempo que la diluyen en el marasmo de la ciudad y su vértigo. Especulativa porque las preguntas que detonan la novela nunca hallan resolución; si acaso vuelven sobre sí mismas, se reflejan como espejos encontrados y difuminan lo real.

A lo largo de toda la novela Juárez apenas habla, pero no es un personaje pasivo. Su percepción es la que activa y moviliza la narración, en donde el argumento se adelgaza hasta casi desaparecer. Juárez tampoco dice su nombre. En El viaje de Chihiro, la bruja Yubaba le cambia el nombre a la protagonista, le pone: Zen. Chihiro, al no recordar su verdadero nombre, queda condenada a vivir en ese limbo, ya que quitarle el nombre equivale a quitarle el ser. Los magos de los mundos de Úrsula K. Le Guin, solo ciertos magos, son los que conocen el nombre de las cosas por la misma razón: conocer el nombre significa controlar la cosa. Juárez solo lee el francés y no maneja el inglés. Adalber Salas escribe que en los lugares donde nadie habla nuestra lengua “el cuerpo es una desaparición”. Así, Juárez por momentos parece un espectro errante en Nueva Orleans. Como Zen, Juárez busca su nombre, que solo llega a pronunciar antes de embarcarse para salir hacia Acapulco a crear el futuro. Las palabras del inglés son esos bultos impronunciables que lo expulsan a una intemperie indeterminada. El exilio no se mide solo por la distancia externa que separa al migrante de su tierra natal, también es un vacío que se abre al interior de su corazón. 

Benito Juárez se extraña de sí mismo, de la lengua, cambia y se reconoce tanto en los otros como en el espacio inflamable que recorre. El periplo en esta ciudad lo lleva a enajenarse, pero también a ser consciente de la potencia que tiene un territorio cuando lo habita la diferencia, lo heterogéneo —lo que se desecha y de donde nace lo nuevo—. Otro de los rasgos de la poesía es la precisión: la prosa de Herrera embiste contra los límites del lenguaje al asentarse en la música y el ritmo, marcando los silencios con elipsis que tienen tanto peso como las palabras con su percusión incesante sobre la página. Una precisión de la palabra justa que sabe callar a tiempo. 

La cadencia, los neologismos y las escenas hacen de La estación del pantano una octava —son ocho capítulos— en donde el último tramo es el trepidante ritmo de una rueda de tambores. De las raíces africanas nace lo que musicalmente sucedía en Nueva Orleans durante 1853, un preludio del Jazz. La vida cultural de la ciudad, con sus óperas inagotables y sus expresiones de violencia, a partes iguales, ponen a Benito Juárez contra las cuerdas. Como Polaris, la perra del hotel donde se hospedan, luego del infierno que sobreviene por la ola de calor, luego de la fiebre, a Juárez le llega el momento de abandonar el reposo de la sombra y volver a casa, como quien sigue un cordón umbilical o un hilo de Ariadna con el olfato. 

Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.

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