Por Danny Arteaga Castrillón
Sobre Máquinas ficcionales, de Anderson Zambrano Laverde (CLU Editores, 2024)
Qué mejor escenario para inventarse una cosmogonía que el de una distopía, que en últimas es la continuación muy distante de un origen. Y como en toda cosmogonía, el elemento espiritual encuentra su espacio para imponerse y convivir con lo concreto. Tal fenómeno se presenta en el libro Máquinas ficcionales, del escritor Anderson Zambrano Laverde, compuesto por cinco relatos en torno a un mismo universo distópico, en una especie de Bogotá de un futuro distante, donde la tecnología ha vencido los vacíos que deja la muerte, al tiempo que ha acrecentado y acentuado las diferencias sociales.
Los conflictos que emanan de estas historias están además atravesados por un agudo componente filosófico, que se pregunta constantemente sobre aquellos temas tan vastos que, a pesar de la distancia de ese espacio-tiempo hipotético, aún siguen incólumes, como la eternidad, el amor, la muerte, las ideas o la ficción. Están dirigidos además a una crítica punzante a la crisis civilizatoria que vivimos y sus pretensiones de perpetuidad.
Es a través de esas reflexiones como la obra va disponiendo las características de ese universo, incluyendo la forma de materializar elementos espirituales o religiosos, como la presencia concreta de las ánimas, que resultan de un desarrollo tecnológico que crea proyecciones conscientes de los muertos. Son habitantes regulares de la ciudad, conviven incluso con sus familias, están sometidas a la estratificación establecida, algunas incluso trabajan para seguir pagando las deudas que dejaron en vida, y consumen agua, su único nutriente, lo que nos recuerda a nuestras abuelas cuando dejaban un vaso servido en las noches para calmar la sed de las ánimas de los seres queridos.
De esa manera, con esos detalles familiares, la historia extiende lazos estrechos con la realidad actual. Así, en el lector no se genera del todo un extrañamiento, sino que más bien le da una dimensión distinta a lo que conoce, como el hecho de que las ánimas ya no las figure en un plano místico, y por ende sobrenatural, sino que las imagina en la cotidianidad de ese mundo tan distante, pero aún tan similar al nuestro, sobre todo en sus problemáticas sociales.
La estructura política y económica de esa sociedad, por ejemplo, está encaminada a explotar la materialización de lo espiritual. Las corporaciones vuelven negocio el dolor de las familias y les vende un trasunto de los seres queridos que han perdido. El Gobierno, por su lado, convierte a otras ánimas en ejércitos de vigilancia y control. El sistema, a su vez, dirige sus esfuerzos de investigación e innovación, resultante de una labor corporativo-estatal, a la búsqueda de la eternidad o a su imitación. Desarrolla, verbigracia, un dispositivo para otorgarles voz a las ánimas o trabaja en la manera de instalarles una sombra para hacer más real su tránsito, su “pena”, en el ámbito terrenal. En otras palabras, es un sistema que busca la forma, más que de vencer la muerte, de controlarla, así como también controla el devenir de los ciudadanos a través de una estratificación más acentuada, aunque más vertical que horizontal.
A partir de todo este entramado, con esa atmósfera brumosa y gris, digna de la distopía, incluso con escenarios cercanos a los del cyberpunk, en el cine, se desprenden los conflictos de esa realidad ajena, pero que siguen atados a los nuestros. “La sombra negra” trata el tema de la culpa. El protagonista la asocia con la sombra que el sistema le implanta a los seres humanos y busca el modo de implantarla también en las ánimas. Es quizás una metáfora de cómo la culpa es parte de un constructo social milenario, pero en últimas, como lo dice la narración, es imposible “generar la nada de la nada”. Esto nos recuerda aquella sentencia de John Milton, el demonio de la película El abogado del diablo: “la culpa es como cargar un saco de ladrillos, solo hay que dejarlo a un lado”. En “Algo que no quería contar”, nos acercamos a otras formas de una relación amorosa, otras posibilidades de lo sensorial, a través del amor que un hombre puede sentir por un ánima, en medio además de una revolución social que viene desde la periferia y empieza a sentirse en el corazón mismo del sistema.
“La ciudad frente a mí” es una novela corta donde se despliegan e interactúan todos los elementos de esta distopía y donde más se quiere poner el foco crítico, que, por supuesto, va dirigido hacia nuestro presente. Es una aventura que inicia en medio de la ciudad y su sistema claustrofóbico, para luego extenderse hacia las periferias, que es donde se agudizan los guiños constantes a la realidad actual, y donde además se plantea el tema del regreso al lugar de origen, de ser quien siempre se fue, aunque no se sepa, y donde se halla el punto exacto en el que confluyen lo espiritual y lo terrenal.
En “Sucesos habituales” es más notoria la cosmogonía. Es un texto corto y reflexivo, de corte panteista, que inicia con un enigmático “Nota del autor”. Es una reflexión sobre la repetición, los mismos sucesos, la misma tragedia, el mismo cataclismo, civilización tras civilización, una especie de eterno retorno nietzscheano en el cual solo cambia la forma y no el fondo, como en efecto se sugiere a lo largo del libro. Por eso su crítica a ese sistema desigual, a la manipulación de lo real y al poder y la tecnología como mecanismos de control, puede extenderse hacia cualquier era. Esta historia se complementa con “La máquina de animaciones ficcionales”, que sucede en un mundo al parecer aún más distante, inhabitable, donde la única esperanza de poblar el planeta reside en un padre y su hija que tienen una máquina capaz de traer a la vida los personajes de nuestras ficciones. Un relato metaficcional que plantea el eterno poder salvador de la ficción y las ideas.
Máquinas ficcionales, con sus cinco relatos universales y atemporales, nos permite contemplarnos en un espejo con el filtro de la distopía, alcanzamos a sentirnos parte de una mitología, un eslabón de una cadena eterna, incluso nos llega una sensación de desasosiego de creer que acaso lo que sucede en esas páginas es culpa nuestra. Creemos de hecho, por un instante, que tal vez en ese universo lejano se nos recuerda o se nos contempla como dioses, pero como esos coléricos que condenan.



