Criaturas ciegas en busca de sus rostros

Reseña sobre Tarántula

Estado de fuga

«Heredé de mis antepasados las ansias de huir», dice el epígrafe de Alejandra Pizarnik que abre Tarántula (2024), la última entrega de la saga familiar y autoficcional de Eduardo Halfon iniciada con El boxeador polaco (2008). La crítica insiste en leer los libros de Halfon como una búsqueda de la identidad. Difiero de esa visión cristalizada de abordar su narrativa. Halfon no construye su identidad: la diluye en sus libros. No habla desde grandes relatos, sino desde pequeñas historias: hebras sueltas que van tejiéndose —texto viene de tejido—. Tarántula aclara una intuición que tuve por años y en este libro se hace explícita: sus cuentos y novelas son líneas de fuga.

Eduardo Halfon nació en 1971 en Guatemala. A los diez años se traslada con su familia a Estados Unidos —primera huida—. Se gradúa en Ingeniería Industrial, pero en un momento tardío de su vida abandona su oficio, se dedica a leer como un desquiciado, cursa Filosofía y Letras, se convierte en profesor de literatura en Guatemala y publica su primer libro titulado: Saturno (2003), donde en una carta al padre escrita con rencor y resentimiento, un narrador enumera escritores suicidas y se acerca él mismo al suicidio. Quien moría en esa primera novela, simbólicamente, era el Halfon ingeniero —segunda huida—. Ni estadounidense, ni judío practicante, ni guatemalteco. En entrevistas afirma que piensa y siente en inglés, y traduce un español nómada a la hora de escribir. Halfon no ha leído los libros fundacionales de sus dos estirpes (La Torá y el Popol Vuh), carece de país, religión y lengua materna —tercera huida—.

La obra de Halfon es refractaria a la autoficción que cae en lo ególatra o en la banalidad. Sus libros no se reducen a recuerdos sin sustancia o simples anécdotas: son máquinas de producir experiencias emocionales; son piezas de precisión erosionada. (Del vocablo expresión se deriva el de presa de agua). En la obra de Halfon la contención está al servicio de torrentes de memorias cuyos caminos sinuosos podrían arribar a una raíz o calcinarla. Halfon triangula con su escritura fragmentaria tres vértices: la historia de una familia de ascendencia judía y libanesa (la suya), asentada en Guatemala y luego dispersa en la diáspora; la perplejidad de un escritor (él mismo), que explora los secretos filiales y los misterios de su infancia; y la tensión entre sentirse expulsado y a la vez incluido a la fuerza en una identidad judía.

En Canción (2021), la novela anterior a Tarántula, se urde la historia del abuelo libanés secuestrado en los años sesenta. De nuevo los secretos familiares son puestos a la luz para mostrarse en su dimensión. Halfon visita Japón para asistir a un congreso sobre el pueblo libanés, del otro lado conocemos el conflicto interno de Guatemala, las guerrillas y las expropiaciones del gobierno. Hay un momento esclarecedor de la novela en el que, durante una charla, alguien le reprocha a Halfon haber ido hasta allá a hablar sobre un campesino en Guatemala con sus vacas, tema lejano al principal que los convoca relativo al pueblo libanés, es cuando:

«Una académica literaria ya mayor brincó a defenderme, más o menos, diciéndole al periodista —también sin verme y hablando de mí como si no estuviese presente— que lo mismo hacía Halfon cuando escribía, que todas sus historias parecían extraviarse y no llegar a ninguna parte».

Ese no llegar a ninguna parte son las hebras, son esos cabos sueltos de historias que golpean su cabeza contra el cristal de la memoria. Las novelas de Halfon son criaturas ciegas que vagan en busca de sus rostros.

En su brazo izquierdo caminaba una enorme tarántula

«Hay tres momentos narrativos en esta novela: el recuerdo del campamento, el encuentro en París entre dos supervivientes ya de adultos y la búsqueda en Berlín del monitor del campamento. En el borrador inicial del libro yo tenía los tres relatos separados pero descubrí que el efecto Stephen King, el suspense y el terror lo lograba intercalando las partes. Descubrí que el miedo depende de esperar, de mostrar la daga pero no usarla todavía», afirma Halfon refiriéndose a Tarántula.

En efecto, es una novela donde el terror incrementa como animal agazapado que se dispone a devorar su presa: el lector. Inicia con un Halfon de trece años que es enviado junto a su hermano de doce a un campamento de técnicas de sobrevivencia en la naturaleza para niños judíos. Sus padres, luego de haber vivido ya varios años en Estados Unidos, se preocupan por el reconocimiento de sus hijos respecto al lugar de origen: Guatemala, en donde se desarrollará el campamento. El conflicto recrudecido del país hace migrar a la familia de Halfon. En una escena de Tarántula se deja ver de manera concreta la bestia de la violencia, cuando él con su hermano están en un día soleado jugando béisbol:

«Mi padre nos miraba desde el graderío, exclamando el ocasional aplauso o abucheo, cuando en el cielo apareció un helicóptero militar. Volaba quieto y bajo en el cielo apenas nublado, justo enfrente de nosotros, a una o dos cuadras del diamante de béisbol, con la puerta lateral totalmente abierta y un soldado sentado en el borde sosteniendo una ametralladora que apuntaba hacia abajo. De súbito el soldado empezó a dispararle a alguien (o a algunos) en las casas y las calles del barrio La Villa y el bateador pegó un roletazo a tercera base y el tercera base atrapó la pelota y me la lanzó a tiempo y el partido continuó con el retintín de la ametralladora en el cielo sobre nosotros, como si nada».

Volver, entonces, es una oportunidad para los niños de conectarse con sus raíces guatemaltecas y judías. Pero ellos no quieren, se sienten obligados a ir. Ya casi no recuerdan el español y ese lugar les resulta cada vez más ajeno. En el campamento, una vez llegan, se encuentran con un entrenamiento común: aprender a hacer fuego con palos, formar, desayunar en grupo, hacer recorridos en el bosque y turnos de guardia. De un momento a otro, y sin explicación, el campamento se torna en un campo de concentración. Los soldados obligan a gatear a los niños sobre el terreno pedregoso, les arrojan agua sucia, los someten a ejercicios extenuantes; si alguien se rebela lo mandan a una celda de cal o lo golpean, como pasa con Saúl, quien al no quererse tomar la sopa termina estampillado contra el suelo. El narrador al ver la escena dice:

«… sentí entonces un miedo que nunca antes había conocido. Un miedo caliente y paralizador. Un miedo que de pronto me convirtió en una estatua. Ahí, tumbado en la tierra y sangrando, estaba uno de mis compañeros. Necesitaba ayuda, necesitaba al menos consuelo. Y yo no podía o no quería o no me atrevía a hacer algo por él».

¿Por qué Samuel Blum, quien parecía estricto pero comprensivo y tenía una serpiente roja en el bolsillo de su impermeable, se convierte de repente en un torturador junto a los demás soldados? ¿Por qué tienen esvásticas en sus brazos si se supone que son judíos? ¿Era una tarántula o una esvástica lo que el niño Halfon creyó ver en el brazo del instructor cuando este lo despertó a gritos esa primera mañana?  

El detonante de la novela es un encuentro literario en París, donde el Halfon adulto y autor es invitado a participar y reconoce, entre el público oyente, a una de las niñas (ahora una mujer mayor) que estuvo con él y su hermano en el campamento hacia finales del 84. Una niña de la que Halfon se enamoró antes de desatarse el horror. Ella le da una cita al otro día del evento en París para desentrañar ese recuerdo desgarrador que comparten, reprimido como una herida cuya cicatriz no se quiere volver a mirar. Ella, Regina, le dice que sabe del paradero de Samuel Blum. Esos son los tres momentos narrativos de Tarántula: la charla con Regina en Paris; la búsqueda y posterior reclamo, más que conversación, a Samuel Blum en Berlín; y los recuerdos de un niño cimbrado de miedo.

Según Blum, ellos debían enseñarles un odio tan antiguo como profundo a los niños en ese campamento: el antisemitismo. Pero no enseñarlo mostrando fotos o contando historias del holocausto, querían que los niños vivieran ese odio étnico en carne propia. Sin embargo, las dudas se multiplican. Halfon quiere preguntarle al antiguo instructor si en serio creía en la efectividad de esa pedagogía venenosa, si bastaba con simular y recrear un campo de concentración para heredar el miedo.

Juan Sandía, un jardinero del abuelo judío-polaco, le cuenta de niño a Halfon que había sembrado su ombligo como lo dictaba la tradición guatemalteca:

«Y que ahí, entonces, me decía Juan Sandía, en la ribera lodosa de no sé qué río de no sé qué pueblo guatemalteco, entre tallos de maíz y matas de frijol y junto a los ombligos de sus ancestros y de sus hijos y de sus nietos, quedaron sembradas para siempre mis raíces».

La desterritorilización absoluta es cuando las existencias dejan de tener una frontera clara y se difuminan y confunden. Hay ruptura, la materia se hace volátil, cambiante y permeable, según Deleuze y Guattari en Mil mesetas (1994). En dicho estado de indeterminación aparecen las líneas de fuga. No subsiste una totalidad, no se capitaliza ni se aglutina ningún saber o energía. Lo que marca las líneas de fuga son esos puntos donde la naturaleza, el organismo y el espíritu escapan a la definición y entran de lleno en el devenir. Eso le ocurre al niño Halfon cuando decide, frente al peligro del campamento, huir y adentrarse en la selva. Huir de su ombligo sembrado, huir de sí mismo y decir que se llama Juan Sandía cuando dos indígenas mayas lo encuentran y le preguntan su nombre.

Eduardo Halfon es Juan Sandía o podría llamarse Regina; podría apellidarse Martínez y haber sido noqueado por gritarles a los soldados del campamento: ¡Cobardes! Eduardo Halfon podría fumar compulsivamente y dar respuestas sarcásticas (en la ficción), aunque en la supuesta vida real no fume y sea menos corrosivo. Hace mucho los lectores de Halfon dejamos de entender qué es real y qué no. Las líneas de fuga se cruzan, se superponen, se quiebran como olas chocando entre sí. Eduardo Halfon podría llamarse Signor Hoffman y decir, como García Lorca:

«Compadre, quiero cambiar

mi caballo por su casa,

mi montura por su espejo,

mi cuchillo por su manta.

Compadre, vengo sangrando,

desde los montes de Cabra.

Si yo pudiera, mocito,

ese trato se cerraba.

Pero yo ya no soy yo,

ni mi casa es ya mi casa.

Compadre, quiero morir

decentemente en mi cama.

De acero, si puede ser,

con las sábanas de holanda.

¿No ves la herida que tengo

desde el pecho a la garganta?»

Yo ya no soy yo ni mi casa es ya mi casa. Yo ya no soy. Yo es un otro. Un hueco. Una válvula de escape. Diluirse, deshacerse: desfasado, desgualangado, desprovisto, deslizado, desmontado. Quedarse sin dónde, sin cuándo, sin quién. Compadre, ¿por qué solo hay tierra para el que huye de la tierra?

En Duelo (2017) el narrador Halfon afirma que «ninguna historia es imperativa, ninguna historia es necesaria, salvo aquellas que alguien nos prohíbe contar». Mirar de frente la herida hasta pulverizarse los ojos, digo. Eso es leer a Halfon. Lo prohibido rompe, desarticula, denuncia y revela. Tarántula es al mismo tiempo una esquirla específica clavada en la memoria, situada, reconocible; y un cúmulo de recuerdos e incógnitas que dan tumbos y extravían toda tentativa de respuesta. Tarántula deja de ser un texto, por momentos parece una experiencia corporal; hay algo de la novela que habla el idioma de la intensidad. Tarántula enseña que hay libros que pueden ser un puño de bruma atrancado en la tráquea.

Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.

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