Por Danny Arteaga Castrillón
Sobre Los aparecidos, de Óscar Godoy Barbosa (Alfaguara, 2023)
Estamos tan acostumbrados a que quienes desaparecen en este país no suelen aparecer que nos cuesta un poco asimilar que una novela colombiana se llame Los aparecidos, como es el título de la más reciente obra de Óscar Godoy Barbosa. Muchas veces, de hecho, cuando nos referimos a ella distraídamente le decimos por error “los desaparecidos” y cuando caemos en cuenta vacilamos incluso antes de pronunciar el título correcto. La trampa tal vez no sea intencional, pero sin duda hay un juego maravilloso en las formas que toma la unión de los verbos aparecer-desaparecer en esta historia, muy relacionada, además, con el fondo sugerido por la narración. Con esto último no me refiero, sin embargo, a la profundidad del tejido de las palabras ni al mensaje oculto, sino al real fondo de la imagen, de las imágenes, que constantemente traza el escritor ibaguereño a lo largo de la novela.
En efecto, lo que está detrás tiene una incidencia reiterada en esta historia sobre un pueblo hipotético, con problemas de orden público, con grupos armados que andan en camionetas, donde suelen hallarse cadáveres con señales de tortura, donde campea la corrupción, el miedo, la incertidumbre. El protagonista es Daniel Valencia, un joven inspector capitalino, que se asentó en el pueblo a falta de encontrar una mejor opción laboral en la ciudad. El inspector se interesa por la desaparición de una joven mujer. Según explica su abuela, fue raptada por “el hombre del río”, una leyenda popular ya casi desconocida por las nuevas generaciones. No obstante, el resto de miembros de la familia están más aferrados a la realidad y creen más en un secuestro perpetrado por los hombres de las camionetas, como, se menciona, suele suceder en la población.
La historia alcanza a desplegar los elementos característicos de una novela policiaca, y algo de ello permanece; pero es precisamente el fondo, ese en el cual palpita lo oculto en la maleza, lo que le otorga otro alcance al argumento, uno más complejo y catártico, encaminado además a una reflexión aguda sobre la violencia y la desaparición forzada. Se trata de un componente mitológico, que poco a poco va cobrando forma en el horizonte brumoso. Buscamos entonces entre la narración, además del relato como tal, la vibración del fondo, lo que se vislumbra como sutil indicio: susurros sigilosos, bultos de maleza que se mueven, una breve luz misteriosa. El autor sabe muy bien generar en nosotros, a través de su narrativa precisa, la sensación de que algo acecha a los personajes, incluso a nosotros como lectores.
De hecho, la primera imagen de la novela es precisamente la de una luz de fuego en un horizonte nocturno. La asociamos con el ascua de un cigarrillo y figuramos a alguien entre sombras sosteniéndolo y fumándolo. Se trata de un plano abierto de la densa oscuridad que nos anuncia la importancia del fondo. De una vez nos activa a los lectores la paranoia de estar atentos a lo que acaece alrededor de los personajes y nos lleva a preguntarnos sobre la naturaleza de aquello que observa: ¿serán los hombres armados, vigilantes y atentos, o las manifestaciones de las leyendas populares de espantos y apariciones que el tiempo había acallado?
Que el argumento se hubiera centrado en responder ese interrogante sería un lugar común. En cambio, el valor de la novela se encuentra en la manera como la narración introduce el mito en la realidad, y por ello no tarda en revelarnos que en efecto hay alguien o algo allí detrás, pero alejado de la lógica habitual de nuestra percepción. A esto el autor no le da el tratamiento de lo que se descubre a través de pesquisas o giros sorpresa, sino que, en uno de los primeros capítulos, de una vez le permite al narrador poner su foco en ese ser, desde el otro lado de la maleza y los árboles, entre el río, desde donde, no sobra decirlo, él también contempla su propio horizonte: la población, junto con el murmullo de su lenguaje, ajeno para él.
Es después de atestiguar de primera mano la manifestación de ese ser acechante cuando se presenta el fenómeno alquímico de Los aparecidos, relacionado con la manera como la historia comienza a moverse en una frontera muy bien difuminada entre lo real y lo fantástico. En ese espacio, además, se encuentra Daniel Valencia, que mientras investiga la desaparición de Myriam se debate sobre las posibilidades de que en efecto el hombre del río haya sido el raptor y no el hecho más lógico en esa realidad de que haya sido secuestrada por los grupos armados. No obstante, para ese momento los lectores ya hemos resuelto la duda sobre la existencia del ser; nos embarga ahora conocer sus intenciones y cuál es su condición en el plano real.
A través de Chila, la abuela de la joven desaparecida, entendemos que el hombre del río es un espécimen más de entre otros que conforman las leyendas rurales de la tradición oral, como la patasola, la llorona, el hombre caimán, el curupira…, apariciones, o aparecidos, como los nombra la novela, que el progreso y la presencia de otros monstruos más reales fue acallando, pero que la novela sugiere al principio, para luego permitirles revelarse con sigilo entre las letras.
Sin embargo, esta no es una novela sobre espantos, sino sobre la violencia y la impunidad, en especial aquella en torno a los desaparecidos por el conflicto armado. ¿Entonces qué tiene que ver el componente mitológico con esa premisa? La pregunta me remite a Julio Cortázar, cuando afirma que “lo fantástico es la indicación súbita de que, al margen de las leyes aristotélicas y de nuestra mente razonable, existen mecanismos perfectamente válidos, vigentes, que nuestro cerebro lógico no capta, pero que en algunos momentos irrumpen y se hacen sentir”. Godoy Barbosa encontró en los fenómenos de violencia en esa población, que funciona como arquetipo de la realidad colombiana, las grietas por las cuales se filtran esos mecanismos que menciona Cortázar, o esas manifestaciones de lo fantástico-mitológico, para que se asienten con toda libertad en el campo diegético.
Pero tal irrupción tiene una razón de ser: aquello que estaba acechando en el fondo se revela, aparece, para transformar la realidad de horror e impunidad en la población y, con ello, generar un efecto catártico, que tiene que ver con la materialización de la añoranza de las víctimas de ser redimidas o rescatadas, así sea por un fenómeno sobrenatural. Cuando en la realidad no es posible encontrar asidero, se busca la esperanza en lo desconocido. De ahí la importancia del hecho fantástico en la novela.
Tal es la conciencia terapéutica de Óscar Godoy Barbosa en su literatura. No busca retratar solamente la crudeza del conflicto armado, sino que recurre a lo literario para imaginar también la manera de intervenir en él, de transformar en la ficción algunos elementos de esa realidad que tanto insiste en permanecer igual. En Te acuerdas del mar, su anterior novela, atestiguamos, por ejemplo, cómo dos hombres de bandos opuestos, en un cuarto de hospital, logran crear un vínculo de amistad y cómo uno de ellos, un asesino a sueldo consumado, da muestras de bondad, de sensibilidad, incluso de empatía, así como un auténtico sentido de redención en su lecho de muerte. En Los aparecidos se sugiere que la población se libera de la amenaza constante de los hombres de las camionetas y su rugido de intimidación y muerte, y, ya en un sentido particular, un hombre torturado y próximo a ser ultimado encuentra la salvación, todo ello con la extraña intervención de las criaturas del monte.
Pero para que en la novela perdure el efecto catártico, ese real sentido de transformación de lo real, fue necesario darle otra dimensión a lo fantástico para evitar el riesgo de contagiar de irrealidad los hechos, incluso de caer en la esquizofrenia o en lo abstracto o en lo inverosímil. Así pues, tanto al hombre del río, como a los demás “aparecidos”, se les despoja de su carácter sobrenatural, para otorgarles una condición más cercana a la de bestias antropomórfas que sencillamente han sabido esconderse por años entre la manigua y cuyas características desconocemos, como desconoceríamos las de cualquier animal insólito.
“No se juega con las fuerzas de la naturaleza”, dice el narrador en un aparte relacionado con la furia de estas bestias, lo que ya, sin miramientos, les otorga una condición salvaje, acaso biológica. Pero hay sobre todo un instante en el cual atestiguamos la consumación de este propósito de diluir la leyenda en lo concreto: la descripción de un inesperado, llamémoslo, “ritual de apareamiento”, un momento de erotismo, de desequilibrante belleza, en el que incluso, sin mencionarlo, se perciben los efluvios del amor, quizá del más auténtico. Podríamos aventurarnos a decir, entonces, que aquel es el punto exacto en la historia donde, metafóricamente, lo real y lo fantástico se unen para dar a luz a algo distinto, que salta del mito a la realidad ficcionalizada de la novela.
Sin embargo, todo lo acaecido con estas bestias y su único testigo se mantiene en el fondo, incluido el hombre del río, que apenas alcanzó a rozar las fronteras de la población desde sus inmediaciones. Nadie sabe del acto salvaje que encontró la justicia poética ni que ahora lo que allí aparece y desaparece ha cambiado de rostro. Para todos, aquel punto de fuego y aquellos aullidos y rugidos que crepitan en la distancia han vuelto a ser apenas sordas manifestaciones del olvido.



