Cuando Borges fue colombiano

Por Danny Arteaga Castrillón

Sobre Ser colombiano es un acto de fe: historias de Jorge Luis Borges y Colombia, de Juan Camilo Rincón (CLU Editores, 2024).

Basta tan solo con partir de cualquier punto del universo borgesiano para internarse en un laberinto literario o místico o histórico, siempre con apariencia de eternidad, de repetición especular. Juan Camilo Rincón, periodista e investigador cultural, acaso habrá dispuesto un nuevo portal hacia este universo con su libro Ser colombiano es un acto de fe: historias de Jorge Luis Borges y Colombia, el resultado de una detallada investigación que nos conduce a una amplia galería con sus propios recintos inextricables que han surgido a lo largo de décadas de una relación silenciosa entre el escritor argentino y nuestro país.

El colombiano, como quizá sucede también en otros países latinoamericanos, tiene esa adicción regocijadora de buscarse por fuera de sus fronteras, de sentir que de algún modo no somos una nación como cualquier otra, que algo singular debe de haber en nosotros, algo que nos resalte de los demás. A veces nos rebuscamos en vano y nos topamos con el vacío o la indiferencia, pero otras veces nos sorprendemos al descubrir el rol del país en escenarios insospechados. Con este libro de Juan Camilo Rincón, que se relanzó recientemente, nos podemos aventurar en conocer las formas que habrá tomado Colombia en las palabras de Borges, así como la incidencia de su presencia en la historia cultural del país.

El solo título ya nos adentra en una reflexión muy íntima como colombianos. Algunos quizás lo asociarán con esa manera de seguir creyendo en nosotros mismos a pesar de nosotros mismos, aunque en el mundo borgesiano puede tener otras acepciones. Sabemos que la frase viene del cuento «Ulrica», publicado en El libro de arena (1975), un arcano relato muy breve con un personaje colombiano, llamado Javier Otárola, profesor de la Universidad de los Andes que conoce a Ulrica, una bella mujer noruega de quien se enamora casi con solo haberla visto y que se reafirma durante una caminata en la ciudad de York. Allí tienen un diálogo puntual sobre los lobos, la espada, un lecho y dos personajes de la mitología islandesa, Sygurd y Brynhild, nombres con los que se apodan a sí mismos durante algunas líneas. Todas estas son referencias determinantes para el escenario místico y simbólico del cuento. Es durante la conversación cuando Otárola le informa sobre su lugar de origen, y ella le pregunta: «¿Qué es ser colombiano?» «No sé. Es un acto de fe», responde él.

Conocemos la tendencia de Borges de autoficcionalizarse, de hacer de sí mismo un personaje. Sus ficciones conservan siempre la esencia de su espíritu. «Este es mi postulado: toda literatura es autobiográfica, finalmente», diría alguna vez. Javier Otárola no sería la excepción. Es además inconfundible la voz del escritor en ese personaje, incluida esa cierta inseguridad que se respira en aquel Borges de “El aleph” o “El zahir”  y otros. Podríamos decir, entonces, con cierto orgullo, que de alguna manera Borges se hizo colombiano en aquella ficción, una de esas breves eternidades suyas.

Además, el escritor sentía un particular aprecio por este cuento. Llegó, de hecho, a manifestar poco antes de morir que era su favorito. La ficción, incluido su personaje, rebasó las fronteras de las páginas. El epígrafe, por ejemplo, «hann tekr sverðit Gram ok leggr í meðal þeira bert», un fragmento de La saga de los volsungos (una historia islandesa del siglo XIII), cuya traducción es «él tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos», se replica en el reverso de su lápida en Ginebra. Debajo de esta oración se extiende el grabado de un barco vikingo, un símbolo de la eternidad, e inmediatamente después, bajo la embarcación, se nos revelan unas palabras inesperadas: «de Ulrica a Javier Otárola». Es decir, el personaje colombiano de Borges, que acaso es el mismo Borges, encontró un lugar junto a su misterioso epitafio, ese mismo personaje que dijera, con cierta duda: ser colombiano es un acto de fe. Nos es inevitable, entonces, preguntarnos qué motivó al escritor argentino a otorgarle la nacionalidad colombiana a ese personaje tan querido para él que incluso se lo llevó consigo a su tumba. 

Y este es apenas un esbozo de lo que remite el título del libro de Juan Camilo Rincón, pues la búsqueda de la respuesta sobre el cuento y muchas otras en torno a la relación de Borges con Colombia se pueden indagar ampliamente en esas páginas. Recogen ellas primero la mirada del escritor sobre el país antes de conocerlo, luego la historia de sus tres visitas legendarias (1963, 1965 y 1978) y, por último, su legado hasta el día de hoy, todo ello a través de una rigurosa investigación y documentación, enriquecidas con la voz de aquellos intelectuales colombianos que lo conocieron, como Juan Gustavo Cobo Borda, Mauricio Botero o Manuel Hernández Benavides, que figuran en el texto con amplias entrevistas.

El enigma en torno a «Ulrica» se amplía con diferentes miradas y teorías, como el origen de la mujer que inspiró al personaje femenino del relato y también sobre posibles significados del mencionado «acto de fe». Hay, sin embargo, variadas temáticas adicionales, cada una con su propia galería hacia otros hemisferios borgesianos, otros hipertextos, como el supuesto poema de Borges hallado en un bolsillo del médico y activista Héctor Abad Gómez cuando fue asesinado en Medellín, en 1987, y cuya real autoría ha generado tantas especulaciones desde que su hijo Héctor Abad Faciolince publicara la historia de su padre, titulada El olvido que seremos (2006), precisamente el primer verso de ese poema (de nuevo un título borgesiano que prefigura un laberinto). Aquí se hace presente, además, casi a modo de antagonista, la figura peculiar del poeta colombiano Harold Alvarado Tenorio y su incidencia en los giros alrededor del origen del poema.

También salpican las opiniones de Borges sobre obras literarias colombianas, como MaríaLa vorágine o el «Nocturno», de José Asunción Silva, o sobre autores como Vargas Vila y, por supuesto, Gabriel García Márquez, de quien a su vez se recogen sus impresiones sobre el escritor argentino y su influencia en la creación del universo macondiano. Más todas aquellas anécdotas que enriquecen el texto y le dan un carácter narrativo y periodístico. Es asimismo un retrato del entorno cultural e intelectual del país de la segunda mitad del siglo XX y parte del actual, como la importancia de la legendaria revista Mito, que, junto con la Universidad de los Andes, fue la artífice de la primera visita.Una de las reflexiones de Juan Camilo Rincón resultantes de su propia pesquisa es que, en últimas, cada quien tiene su Borges personal. Precisamente la virtud del libro está en revelarnos una faceta más cercana, más local, si se quiere, de ese Borges universal, que estuvo y está tan acostumbrado a sembrar laberintos por donde quiera que vaya. 

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