Por Erick C. Duncan (Instagram @erickcdun)
No, esta no es una efeméride: no se están cumpliendo treinta años de la muerte de Joseph Mitchell. En cambio, este texto tiene cara de pretexto para celebrar su vida y recordar que en breve se cumplen sesenta de la publicación de El secreto de Joe Gould. Joseph Mitchell, un hombre bueno y empático que hoy, muchos años después, parece seguir dándonos lecciones de humanidad.
Aunque siendo reportero del New Yorker entrevistó a todo tipo de celebres personajes (Albert Einstein, Bernard Shaw), con el tiempo y la sabiduría niquelada de los años se fue decantando cada vez más por los anónimos que trasegaban día a día las gélidas calles de Nueva York: el presidente de la asociación de sordomudos, los dueños de anticuarios extraños y los coleccionistas de cucarachas, los pescadores del puerto, el rey de los gitanos y las rarezas de los circos ambulantes (una mujer barbuda entre ellos), las futuras promesas, los irlandeses taberneros, los escritores venidos a menos, los charlatanes y los mendigos. Una época que se diluyó hace mucho.
Alguien le preguntó una vez por qué razón había puesto tanto énfasis en esos personajes de la calle que, en apariencia, no le interesan a nadie. Su respuesta fue contundente: «la gente ordinaria es tan importante como usted, quienquiera que sea usted». Mitchell visitó la asociación de sordomudos de Nueva York para comprobar que, también en el lenguaje de señas, existe gente más habladora que otra. Siguió varios días a un predicador que profesaba el advenimiento inminente del apocalipsis. Conversó por horas con una mujer (y con su esposo) que padecía un síndrome extraño que le hacía crecer una barba prominente. Y también, claro, hay que decir que su vida cambió para siempre el día en que vio a un extraño hombrecito caminando por las calles del Bowery. El personaje, que decía estar escribiendo la Historia Oral (un compilado tenaz de crónicas, testimonios de oídas, chismes y rumores), argumentaba que la literatura estaba en cualquier esquina y que la conversación entre dos habitantes de calle o dos enfermeras sentadas en una banca helada en su tiempo de receso, eran tan importantes como cualquier obra de Balzac o de Homero. Se llamaba Joseph Ferdinand Gould, pero pasaría a la historia, gracias a la pluma encendida de Mitchell, como Joe Gould.
Si el arte de escribir se funda más en el entrenamiento constante de la mirada que en una extraña búsqueda de la voz propia, entonces Mitchell es el maestro. Porque sabía mirar. Su obra proyecta una sombra tan grande que cubre (y antecede) todo lo que vino después, incluido el llamado Nuevo Periodismo con todas sus voces a bordo (Wolfe, Talese, Didion, Thompson). Mitchell era solo nueve años menor que Borges y diez mayor que Salinger. Quizá por eso alguien dijo que, si el argentino hubiera sido neoyorquino, probablemente nos habría legado una obra muy parecida a la que escribió Mitchell.
Quienes lo conocieron, dicen que la estrella del New Yorker era un tipo silencioso, con un talento natural y más bien excepcional para escuchar a los demás, que se sentaba a escribir por largas jornadas y en el pasillo solo se escuchaba el clic clac infinito de sus dedos sobre la máquina. Como también dicen que, después de la muerte de Joe Gould, no pudo volver a escribir una línea. Llegaba a la redacción, se paseaba por el pasillo, luego entraba a su oficina y se sentaba frente a la maquina sin saber qué escribir: las teclas no volvieron a ser azotadas en su cubículo. Las explicaciones más románticas sugieren que Mitchell no superó la muerte de Gould y que hay periodistas (escritores) que esperan toda la vida el encuentro con el que será su gran personaje. Pero el misterio radica en lo que viene después de ese gran encuentro, como es el caso de Mitchell, que no pudo volver a escribir.
Los viejos lobos del periodismo americano que aun viven han comentado en reiteradas ocasiones que Mitchell sufría de un extraño tartamudeo que lo acosaba cuando estaba por decir algo importante. Quizá por eso prefería irse por horas a observar pájaros: un día estuvo, binoculares en mano, casi dos horas estudiando el picoteo incesante de un pájaro carpintero que arrancaba la corteza y las ramas de un gomero muerto. Como también se dice que, después de su muerte, descubrieron que en varios de sus perfiles y crónicas algunas cosas no coincidían con la realidad. Probablemente se las había inventado, concluyeron. Puede ser. Algunas de las ediciones más recientes de sus textos suelen traer apéndices en los que se habla de un parte de ficción en las entrañas de varios de sus relatos. Desde entonces, los grandes novelistas y cuentistas de todo el mundo no han parado de darle un caluroso recibimiento colmado de aplausos al Club de los escritores de ficción de todos los rincones. Yo soy más cercano a la idea de que Mitchell no inventó (todos sus personajes existieron) sino que, al manejar el tiempo de sus relatos, añadiendo diálogos dispersos y situaciones en una línea cronológica creada por él, daba la impresión de haber creado un artefacto ficticio.
Comoquiera que haya sido, el caso es que los editores del New Yorker implementaron entonces una extraña costumbre en la redacción: contratar verificadores de datos para tratar de pillar (y cortar) cualquier dato falso o sin comprobar dentro de las crónicas, perfiles o reportajes de los colaboradores. Así funcionaba: cada verificador, teléfono en mano, llamaba a cada una de las personas nombradas en un texto y les preguntaba por la veracidad de los datos consignados, independientemente de que fuera un guerrillero en Sudan del Sur o el líder de una intifada.
Lo cierto, también, es que Joe Gould murió en el abandono que asecha la vida de todos los habitantes de calle en las geografías más distantes. No se sabe, todavía, donde quedaron los cuadernos en los que escribía, a lápiz, su famosa Historia Oral. Antes de perder la razón y partir (esta vez para siempre) en un hospital de caridad, Gould le dio las gracias a Mitchell por haberlo retratado en esas paginas dispersas del New Yorker. No sabía (era imposible saberlo) que ese texto se convertiría en el que es para muchos (me incluyo) el mejor perfil periodístico de todos los tiempos. Como tampoco supo que su amigo, Joseph Mitchell, se fue muriendo de a poquito después de escribir ese texto y que en los pasillos de la mítica revista todavía se comenta sobre un famoso fantasma: el del destacado reportero que siempre llegaba puntual, con su gabardina y su sombrero de fieltro, y nunca más volvió a escribir.
Ficha: Joseph Mitchell, El secreto de Joe Gould, Anagrama, Barcelona, 2000, 180 pp
Erick C. Duncan: escritor y periodista



