Los verdaderos héroes de Hemingway

Por Danny Arteaga Castrillón

Es difícil precisar si algunos de los personajes masculinos de la obra de Ernest Hemingway pasarían hoy el filtro del espíritu de nuestro tiempo. Muchos de sus héroes exudan testosterona, enfrentan la muerte con denuedo o por lo menos se ufanan de andar sin miedo sobre la cornisa del peligro y el dolor. Algunos son toreros, boxeadores, soldados, cazadores, la clase de individuo que hoy se mira de soslayo, con sospecha y resquemor, sobre todo cuando en los planos de la ficción se exalta su imagen portentosa, rebelde, incomprendida incluso. Personalidades que el mismo Hemingway asumió en su vida y en su relación con el mundo para crear ese mito de escritor aventurero que en efecto se instauró en la historia de la literatura universal, convirtiéndose así en un personaje más de su propia obra.

Sin embargo, es posible también percibir un tipo de masculinidad distinto en otros hemisferios de su ficción, uno en el que el hombre ya no es exaltado, sino más bien señalado, en el que se ponen en evidencia sus deficiencias o incapacidades, sobre todo en su manera de relacionarse con la mujer. Esto desde la mirada aguerrida de Hemingway podría revelarnos una imagen menos común de su sensibilidad, en la cual, quizá, sobresale una mayor consciencia de las problemáticas del alma masculina y con ello la exposición del rol de la mujer a principios de siglo XX y el inevitable parangón que hacemos de ese tipo de relación con las del presente.

En dos cuentos en particular, “Colinas como elefantes blancos” y “El gato bajo la lluvia”, es notoria la incapacidad del personaje masculino de comprender el sentir del femenino, sus deseos, sus miedos, sus decepciones. Los dos relatos parecen casi contener los mismos personajes y se desarrollan en escenarios ajenos a su cotidianidad: una estación de tren en uno y en el otro, un hotel. Son además dos de los más elocuentes ejemplos de la afamada técnica del iceberg de la que tanto alardeaba el escritor. En efecto, los lectores apenas percibimos la superficie de los diálogos, somos casi testigos casuales que oyen apenas lo suficiente para formarse una idea de aquello que aqueja a las dos parejas.   

La de “Colinas como elefantes blancos” está enfrascada en una discusión sobre una operación a la que la mujer se va a someter, razón por la cual han emprendido juntos el viaje. Ella es reflexiva y contemplativa, el horizonte hurta su atención y le permite a su conciencia divagar con él. Sin mencionarlo, adivinamos que el procedimiento es un aborto. El diálogo cobra, entonces, otro sentido y con él el tono de la voz del personaje masculino. Él, sin duda, intenta influir en la decisión de la mujer: “Es en verdad una operación bastante simple, Jig. Ni siquiera es en verdad una operación”, dice, entre otras frases de las cuales es posible detectar su tono insistente. Complementa su discurso planteándole sin mucho esfuerzo otras alternativas y agrega que él la apoyará en lo que ella decida: “Debes entender que no quiero que lo hagas si no quieres”, para luego enfatizar de nuevo: “No tienes que tener miedo. Conozco a muchas personas que lo han hecho”. 

El hombre mantiene el mismo esquema a lo largo del diálogo. No cambia ni siquiera cuando la mujer dice: “Entonces lo haré, porque yo no me preocupo por mí misma (I don´t care about me)” o cuando insinúa que nada volverá a ser igual tras la operación. Estas declaraciones evidencian su temor, su duda, incluso tal vez una negativa oculta. Esto debería ser información suficiente para que el hombre trastocara su discurso, intentara comprenderla, se perdiera con ella en esa suerte de ensoñación en torno a esas colinas que ella asocia de manera extraña con elefantes blancos. Ese elemento de alta carga simbólica y enigmática debió llamar la atención en el hombre; pero la apatía lo cubrió de indiferencia y fue más fuerte en él el afán de convencerla, de insertar en ella una señal de aprobación definitiva que le aliviara el espíritu, como en efecto sucede en la imagen final.

Casi calcada es la atmósfera de “El gato bajo la lluvia”, aunque aquí es más evidente el foco en la conciencia de la mujer y más traducible su insatisfacción, encarnada en un gato oculto bajo una mesa durante un chubasco y que ella desea poseer repentinamente al descubrirlo conmovida desde la ventana de su cuarto de hotel. Su esposo apenas le pone cuidado, distraído en una lectura. Ella sale de la habitación a buscar al animal; durante el recorrido percibimos la atracción hacia el dueño del hotel, que a su vez presta una particular atención a su huésped. Tras la infructuosa búsqueda del gato, regresa al cuarto, donde de repente, mientras se mira al espejo, le enumera a su esposo la lista de sus deseos materiales (“quiero comer en una mesa con velas y con mi propia vajilla. Y quiero que sea primavera y cepillarme el cabello frente al espejo, tener un gatito y algunos vestidos nuevos. Quisiera tener todo eso”), cuya ausencia no es tanto la razón de su infelicidad sino la manifestación banal de una insatisfacción más honda en su matrimonio y que acaso vemos materializada en la postura del hombre con su libro en la cama. Enfatiza en que si nada de eso puede tener, al menos el gato la satisfaría. El hombre, que ha dejado de leer para escucharla, se limita a responder, ya no solo con indiferencia, sino con agresividad: “¿por qué no te callas y lees algo?”, buscando con ello recuperar su momento de tranquilidad y, además, aniquilar cualquier responsabilidad ante la concreción de esos deseos.

El relato se hace poderoso en su desenlace gracias a aquella imagen de la criada con el gato anhelado en brazos que llega a la habitación y le anuncia a la pareja que el dueño del hotel se lo envía a la señora. Apenas un fragmento del iceberg, pero que no solo nos señala el conflicto de la pareja en el fondo, sino también el brillo de un horizonte: la presencia de alguien que logra satisfacer uno de los deseos de la mujer, el más inmediato por lo menos, y todo el sentido que el regalo inesperado se anida en su conciencia anhelante. Pero aquel acto, ¿de cortejo acaso?, recae también en el hombre, aunque nunca sabremos si es consciente de la amenaza, si continuará extraviado en su lectura o estará aliviado porque su esposa ya tiene lo añorado y a él no le fue necesario incomodarse.

El retrato de los personajes masculinos de estos dos relatos no es el de hombres valientes, ni siquiera se resaltan las características físicas o algún atributo que realce su hombría. Aquí Hemingway parece poner en evidencia facetas más reales, más insertas en aquellos conflictos éticos a los que se enfrentan las parejas, incluso en la actualidad, pero poniendo especial énfasis en cómo las enfrenta el hombre, del cual podemos adivinar, a través de las breves frases y diálogos de estos cuentos, el egoísmo y la incapacidad de amar, que no es más, en últimas, que la imposibilidad de empatizar, de intentar (no necesariamente lograrlo) acercarse al sentir del otro. No se trata aquí de determinar qué género tiene la mayor sensibilidad o disposición de amar, sino de cómo Hemingway, por lo menos en estos relatos, puede también ser crítico de la postura masculina en las relaciones amorosas y con ello de la posición del hombre en el mundo.

Sin embargo, a modo de contraste podrían resaltarse retratos más amplios, aunque menos críticos, de los hombres protagonistas de los cuentos “La breve vida feliz de Frances Macomber” y “Las nieves del Kilimanjaro”, donde sobresale la actitud utilitarista del hombre en su relación con la mujer. Estos relatos, ya bastante lejos del minimalista iceberg, están atravesados por las ahora explícitas insatisfacciones de los personajes masculinos en sus relaciones, incluso se hace notorio un desprecio hacia esos seres con quienes terminaron por alguna razón compartiendo un espacio narrativo y, por ende, un conflicto decisivo. Pero aquí Hemingway parece tomar posición en favor de su género (hasta podría quizá adivinarse la propia silueta del escritor en el contorno de los protagonistas), juzga en primera medida la fragilidad de estos hombres frente a una repentina vulnerabilidad ante la mujer y pone énfasis en un marcado tono de incomprensión en la voz de los personajes, que casi deja traslucir una postura de víctima. Y la mujer es ahora quien es incapaz de comprender los dilemas masculinos: la vulnerabilidad ante la cercanía de la muerte, en “Las nieves del Kilimanjaro”,  y los efectos autodestructivos de la cobardía, en “La breve vida feliz de Frances Macomber”.

No pocas veces Hemingway habló sobre la importancia de vivir con intensidad para escribir. Su historia nos revela en efecto episodios que se encuentran en sus ficciones; por eso a veces se nos hace inevitable encontrar la semejanza tan notoria de sus más destacados protagonistas masculinos con el escritor. La pregunta sería quién es primero: ¿ellos imitan a su demiurgo o es él quien imita a sus creaciones? En ese sentido, podemos aventurarnos a decir que en ese proceso creativo de reflejo-imitación también opera su afamada técnica del iceberg. En la superficie se aglomeran aquellos personajes masculinos sobresalientes de su obra que lo representan a él como autor y aventurero del mundo, como los de estos dos últimos cuentos mencionados o el valiente y sacrificado Robert Jordan, de Por quién doblan las campanas, y en el fondo, fluctuando como restos de naufragio, está el hombre insensible y vacío de “Colinas como elefantes blancos” y “El gato bajo la lluvia” , que quizá refleja a ese Hemingway repudiado por él mismo, el que tal vez más adelante se habrá redimido en El viejo y el mar, acaso el que lo habrá acompañado en el último instante de su vida.

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