¿Sabe qué? Vengo ofendido

Reseña sobre Insulto

Ay, ¿sabe qué?, vengo ofendido / me mataron al parcero con la bala de un fusil / Ay, sabe qué… me ofende más / que sean dos los que he tenido que enterrar

La Muchacha

En un congreso de la lengua del año 2004, el escritor Roberto Fontanarrosa se preguntaba: ¿por qué son malas las malas palabras? ¿Son malas porque le pegan a las otras palabras? ¿O son malas porque se dañan, es decir, su calidad es defectuosa? En la conferencia, Fontanarrosa hace una vindicación de las malas palabras, las defiende como aquella economía del lenguaje donde hay mayor expresividad (tanto fonética como de significado). Decir “mierda” con ese énfasis en la r; o en Argentina decir “pelotudo” con el cimbronazo de la t, son algunos recursos que explotan y crean pirotecnia del lenguaje. Ese lugar de enunciación escoge Fontanarrosa: toma partido en defensa de las malas palabras como necesarias, estéticas, musicales, terapéuticas y sinceras.

Carlos Fuentes mencionó que los insultos y las malas palabras eran la pauta para sabernos pertenecientes a una lengua madre. “La lengua materna es aquella en la que insultamos, soñamos y hacemos el amor”, afirmaba Fuentes. Si alguien le decía “fuck you” a Fuentes, él no sentía nada; pero si alguien le decía: “hijo de la chingada”, le podía hervir la sangre. Esto ocurre, como se aprende de Derrida, porque hay una dimensión formal y una dimensión afectiva de la lengua. La dimensión afectiva de la lengua tiene unas cargas que, más allá de lo gramatical, definen una identidad cultural, emotiva y política.

Juan Álvarez se ubica en un lugar que le permite una vista panorámica, sin tomar partido. Marcel Ventura, editor en el momento de la publicación de Insulto: Breve historia de la ofensa en Colombia, quería una respuesta tajante. “O estás a favor o estás en contra del insulto”, querido Juan. Es evidente, si se hace una lectura aguda, que el autor no toma ninguna de estas dos vías, de hecho, la vía que toma es oblicua; ubicua si se quiere. Lo que hace Álvarez es adentrarse en los intersticios, en las zonas ciegas del insulto. La pregunta de este libro no es tanto quién dice groserías, quién ofende y por qué lo hace, sino que se trata de preguntarse quién es ese sujeto social que asume la actitud de ofendido y, más aún, el libro se pregunta quién es el que decide adjudicar el estatus de insulto a una forma retórica y para qué lo hace, con cuáles intenciones.

Juan cuenta en una entrevista para Semana que una vez, mientras cursaba su doctorado, se trenzó en una discusión sobre la deuda de Puerto Rico con un compañero; en un momento la discusión se calentó y el compañero empezó a insultar a Juan, casi a punto de irse a los golpes. El insultador sufrió un cambio fisiológico. Algo le pasaba en el cuerpo. Eso demuestra la condición inflamable que tiene el insulto: es lenguaje, pero a la vez significa una falla de la comunicación. Los insultos son un cúmulo de palabras que están a punto de ser algo más, de volverse cuerpo, violencia, segregación de adrenalina. El análisis de este libro recae allí, justamente, en los efectos que el insulto, o las malas palabras, tienen sobre la vida social y política de Colombia, así como cuál es el papel que ha jugado en distintos periodos de la historia.

En último término, ni a favor ni en contra, el insulto para Juan Álvarez termina fungiendo como un lente conceptual para analizar la vida política del país, insisto, pero a su vez le sirve como unidad para moverse entre diversos ámbitos: desde el periodismo en el siglo XIX colombiano, el 9 de abril, la independencia, el clero, la literatura, hasta las redes sociales. Pero, me retracto, más que análisis y observación, lo que hace Álvarez es mostrar las formas en que el dispositivo retórico del insulto “deja de ser un lugar de observación para convertirse en un lugar de experimentación” (p. 17). ¿A través de qué formas de interlocución se experimentan la cultura y la política? Si bien el credo liberal nos habla del diálogo, del razonamiento y el consenso, Rancière pone de manifiesto la condición conflictiva, de disenso, sin la cual no existiría una verdadera democracia. Esa naturaleza del desacuerdo como núcleo de la democracia no se da siempre en términos argumentativos, silogísticos, calculados y atemperados.

Es en la fricción del insulto donde un hombre como Raúl Carvajal expresa el repudio por el asesinato de su hijo soldado, que se negó a participar de la masacre de falsos positivos. ¿Cómo hacen las madres de Mayo, de Soacha, de Ciudad Juárez, las madres de las víctimas del 9 de septiembre en Bogotá o don Raúl para hablar sobre esos asesinos —estatales o pertenecientes al crimen organizado— que le quitaron la vida a sus seres amados? No se puede esperar un argumento judicial (solamente), ni una descripción locuaz, ni expedientes con cifras y enumeraciones de hechos. La experiencia de la desaparición forzada o del asesinato no tienen términos razonados. Como rapea el cubano Rxnde Akozta refiriéndose a Colombia: “al son de un buen café caliente, deseamos larga muerte al presidente / porque cuando fallece un inocente / el vacío del doliente no se cura en vida actual ni en la siguiente”.

Insulto es un viaje al fin de la noche del lenguaje. Si vamos hacia esa masa inestable que es el insulto, los descubrimientos son múltiples. La clase dirigente, quienes van a Harvard y vienen a ejercer la presidencia por ocho años, a quienes se les suelta el taco y terminan punteando gente por teléfono, sí que saben manipular el insulto y el calentamiento del lenguaje a su favor. Cuando el pueblo insulta, el pueblo es iletrado, se queda sin argumentos, se rebaja; cuando lo hace un viejo bonachón, buen abuelo y declamador de sonetos como Álvaro Uribe Vélez, es muestra de dignidad el insulto, porque si ofenden su buen nombre: ¿cómo hijueputas más esperan que reaccione un cucho decente? Adicionalmente, ya se ha comprobado la contratación de bots que en redes sociales insuflan odio a las personas para que vayan a votar ofendidas, como cuando la campaña del No en el plebiscito gana —campaña en la que se usaron estos bots, por supuesto—.

En suma, las palabras no son malas por pegarle a las otras ni por ser defectuosas. Las palabras son malas porque hay alguien detrás del estrado adjudicando, señalando y satanizando a otro sujeto que usa esas herramientas retóricas asociadas al insulto o a la ofensa. Ese alguien o ese grupo social está estratégicamente seleccionando su objetivo de señalamiento, pues no es gratuito que en el Paro Nacional se usara el mote de vándalo para criminalizar el movimiento estudiantil y la protesta civil. Esas personas, preferiblemente jóvenes, que preferiblemente lo quieren todo gratis y salen a marchar, han ofendido la propiedad privada, han detenido el tráfico y están atentando contra el progreso, la movilidad y la honorabilidad de esta patria boba. Entonces llamémosles vándalos y disparemos sobre sus cuerpos. Esa narrativa ha sido empleada por la derecha desde la fundación de este país. Reclamarse injuriado, vilipendiado, ofendido o insultado en parte ha justificado el exterminio, la retaliación violenta, el abuso policial y la persecución ideológica.

A continuación, daré pinceladas de cada uno de los ensayos —son seis, acompañados de introducción y epílogo—. Cada subtítulo de esta reseña corresponde a los títulos de los ensayos. Mi intención es dar una idea sucinta pero holística de los temas que trata este libro, publicado para la época de elecciones del 2018, pero que sigue estando vigente en la discusión sobre el pasado y la actualidad política del país. Al punto de que es susceptible de ser extrapolado a hechos como el Paro Nacional.  

Entre el honor y la ofensa

El primer ensayo ofrece una hipótesis plausible y provocadora. Más que una hipótesis, me parece una teoría acertada, relativa a los sucesos que desembocaron en la independencia del 20 de julio. Es célebre el Memorial de agravios que Camilo Torres circuló en 1809, donde en un panorama de crisis política debido a la invasión napoleónica, este le pide a la Corona que les permita consolidar en la colonia una respetuosa soberanía, con cuotas de representación criolla. Este pedido evoluciona y se convierte, quizá, en una estrategia conspirativa. En un momento álgido, las élites criollas idean lo que sería el famoso altercado con Llorente, un comerciante español temperamental. Van a pedirle prestado un jarrón, algo que este hombre no haría porque él los vendía. Parece que en medio del cruce de palabras este español llama a los criollos “perros sin dientes”. Se difunde la noticia de que este señor nos ha humillado e insultado, haciéndonos ver como pasivos y sometidos al yugo español, pues no mordemos.

A partir de un insulto se da el primer paso para la independencia de este terruño. Una independencia, por lo demás, postiza. Como se lee en el diario de la época redactado por José María Caballero, lo que sucedió fue un relevo del Virreinato de la Corona española por una demagogia autoritaria de las élites criollas que pasaron a gobernar. Lo que lleva a Caballero a decir, durante el periodo de la reconquista, que “los mismos nuestros son los peores”. Hemos sido gobernados por las mismas familias una y otra vez, con excepciones como el Pacto Histórico. Ya esa marca elitista estaba impresa desde la fundación de la patria, cuya dirección estuvo focalizada en unos pocos privilegiados.

No pretendo hace un spoiler del ensayo, que maneja un nivel microscópico de detalle para relatar y documentar esta teoría. (Me hace gracia pensar que un ensayo se pueda spoilear, como si fuera una novela). Desde la primera frase, este ensayo tiene clara la dirección: “En el núcleo de la historia política nacional, el insulto” (p. 25). El insulto como cosmogonía fundacional. Si agregamos el insulto a la carta astral de este país, que dicta que Colombia es piscis y estará marcada por la guerra, se intuiría por qué este territorio ha sido movilizado por el odio, sin explícitamente aceptar que esto se hace. Es decir, hay un discurso oficial de supuesta racionalidad y alta cultura, cuando de manera pusilánime y bajo cuerda se fraguan estrategias de proselitismo político apelando a la emoción y fomentando el odio, principal e históricamente incorporadas por la derecha en Colombia.

Hace falta atender al artículo 11 de la constitución en la traducción indígena: “Nadie podrá llevar por encima de su corazón a nadie ni hacerle mal en su persona aunque piense y diga diferente”. Pero ante cualquier ofensa, los paladines de la racionalidad dan la orden de hacer limpieza social en los barrios populares o de bombardear niños por estar cerca de campamentos guerrilleros. Si nos ofenden, dirían, los podemos llevar por encima del corazón y dañarlos por bandidos. Pero bajen la voz, “que esos hijueputas están escuchando esta llamada”, dijo Álvaro Uribe.

Alacranes encarcelados

Este ensayo nos traslada a un escenario tensionante y narrativo. Se trata de dos jóvenes cartageneros, periodistas independientes e incendiarios, quienes en la coyuntura de las elecciones del 7 de marzo de 1849 influyen y alteran los ánimos con un lenguaje rico y desafiante, vertido en pasquines, que criticaban acérrimamente el gobierno de entonces. El enfoque principal de este ensayo es, por una parte, las estrategias que la Sociedad Democrática de Artesanos, entre otros grupos, llevan a cabo para lograr la victoria del candidato popular José Hilario López.

Según los relatos, indagación de archivo rigurosa que hace Álvarez, el día de las elecciones se respiraba una atmósfera de amenaza. El ala conservadora termina diciendo que, por miedo a una revuelta popular, era preferible que ganaran los liberales. Aquí Álvarez agrega una dimensión de análisis poderosa y diciente, a saber, la relación de la política con la espacialidad. El espacio político es tanto metafórico como real: el atrio, en este caso la iglesia, donde se desarrolló el día de elecciones. Tanto la disposición de la gente adentro y afuera del lugar, como el resultado, hablan de una disputa por esos espacios simbólicos y políticos que intenta habitar el pueblo.

Finalmente, varias décadas después del suceso, los hijos del candidato perdedor, Rufino Cuervo, rememoran ese hecho para justificar el proyecto de regeneración conservadora, que tuvo eco en la constitución de 1886. Como los ofendieron a ellos, los dignos conservadores, aún ardidos, van a mejorar este platanal mal administrado y gobernado desde la intimidación, lejos de esa turba soez (el pueblo).

 Muchedumbres escuchas

Este emotivo ensayo se centra en el análisis del discurso de Jorge Eliecer Gaitán. Juan Álvarez, con mucha sensibilidad, lee una ausencia en los discursos de Gaitán, que hoy por hoy podemos reproducir en YouTube, a los cuales les hace falta algo fundamental, a saber, el ruido de fondo, el silencio de las muchedumbres o sus exaltadas reacciones a las palabras del líder popular. Esas ondas sonoras, limpiadas por la edición, son la pieza faltante para comprender los efectos que producía esa oratoria fulgurante.

En síntesis, el problema con el 9 de abril ha sido la narrativa alrededor del hecho. Sady González, al igual que todo el cubrimiento periodístico de la época, hasta nuestros días, han instaurado la noción de que el Bogotazo fue una muestra del salvajismo desatado del pueblo; una demostración de cómo las fuerzas liberales y el supuesto populismo sumían al país en un intervalo de la historia donde “desaparecía el orden y quedaba anulado el imperio de la ley”, según Hernando Téllez.

Sady González, con sus fotografías, es uno de los precursores de esa narrativa fatalista y criminalizadora. Sus encuadres, selectivos, catastrofistas, funcionaron como una prueba “irrefutable” de ese apocalipsis —que no lo fue tanto si hablamos en términos de datos, es decir, de víctimas o desmanes—. En relación a las fotos se instaura un relato, a partir del cual la elección semántica para designar el 9 de abril es la de podredumbre y cloaca. Posteriormente, dicha semántica utilizada para denunciar al furibundo pueblo que hizo de ese día una podredumbre y una cloaca, justificaría la masacre masiva de liberales en todo el país. Igualmente, justificaría el Frente Nacional y toda la fuerte polarización que produjo.

Sermones de incendio

El personaje y el descubrimiento más inusitado del libro es Francisco Margallo y Duquesne, “presbítero de la parroquia de Las Nieves en Santafé de Bogotá en 1819” (p. 154). Este personaje se inscribe dentro de los religiosos sediciosos, que empezaron a ser un problema para la consolidación de la república incipiente. Los realistas, adoradores y perpetuadores de la monarquía, fueron desterrados; no obstante, algunos conversos tardíos o tibios, se camuflaban en el clero. Es el caso de Margallo, quien desde el púlpito arengaba al pueblo en contra de los patriotas, que estaban separando la iglesia del gobierno —escindiéndolos como objetos culturales diferenciados—.

Lo delirante de la historia es que este cura tenía una influencia peligrosa sobre su feligresía. Si Margallo decía durante la misa que había que incendiar una zona específica de la ciudad, se hacía necesario ir a custodiar ese lugar. Margallo se exculpaba diciendo que todo era parte de un rapto y del celo religioso, que lo llevaba a exaltarse y perder el control de las palabras. Es maravilloso ver cómo este señor llegó a ser considerado un perturbador del orden público y un enemigo por la acidez de sus proclamas.

Lo irónico es que, luego, los conservadores lo tomarían como una figura ejemplar, protectora de la tradición y las buenas creencias, cuando en su momento era un instigador, un irreverente —aunque fuera un rebelde con causas deleznables—. Ir en detrimento de la república en este específico caso resultó en una suerte de insurgencia extraña e interesante. De nuevo, se trata de cómo una temperatura del lenguaje conlleva a ciertas consecuencias fácticas alarmantes. Las palabras hacen cosas, no son solo palabras, se sabe desde Austin, pero se experimentaba desde siempre.  

Divino injuriador

José María Vargas Vila (1860-1933) fue conocido por su irreverencia, su prosa cáustica, su anarquismo y su excomunión. Juan pondera los prejuicios generalizados en torno a Vargas Vila, a la luz de la regeneración conservadora liderada por Núñez —una vez el liberalismo ha sido machacado—. Vargas Vila, como liberal radical en medio de esa crisis absoluta del liberalismo en Colombia, se convierte en un injuriador divino y feroz. Denuncia a curas, insulta brutalmente al Ministro de Hacienda en 1903, se opone desde el periodismo a los gobiernos de Venezuela y Estados Unidos, se niega a arrodillarse frente al papa León XIII en la Catedral Primada y le da la mano frente a la ciudadanía atónita, entre otros performances.

Además de sufrir el exilio, Vargas Vila también sufrió la censura y la persecución política. Núñez quería imponer el imperio de la palabra compuesta, es decir, esterilizar el lenguaje público de cualquier germen instigador o vulgar. Mientras Vargas Vila esgrimía una palabra descompuesta, envenenada, el régimen conservador veía al panfleto como un enemigo público y peligroso.      

No se comprendía el vitalismo que Vargas Vila encontraba en la palabra descompuesta y en el insulto. Como en una tiradera de rap antigua, el insultar a otro se tomaba como un acto de reconocimiento, de alteridad, puesto que solo se insulta aquello que se vive intensamente. Como diría Julio Jaramillo: “solo se odia lo querido”. La bella defensa del insulto que hace Vargas Vila es citada por Álvarez, de donde extraigo este fragmento:

“Todo elogio tiene algo de piedad o de necrológico… No se hace justicia sino a los muertos. En cambio el insulto exalta, fortalece, prueba la vida, prueba la fuerza; incita a vivir, a combatir. El insulto es un homenaje a la fuerza, un himno a la gloria; no se insulta sino lo que se vive, lo que triunfa. El insulto es el sol de los vivos; el elogio es el sol de los muertos”.

Razonar insultante / Mugre verbal

Finalmente, aparece Fernando Vallejo, con sus señalamientos a la ciencia (más bien al lenguaje científico) y a la religión, la puta de Babilonia. En este autor el exceso y el matiz moral de todas sus posturas, están aunados inherentemente a sus modos de argumentación. Frente a la ciencia, impugna ese lenguaje técnico y sofisticado, en procura de un lenguaje llano y cercano. La preocupación radica en que la impostura del lenguaje frío y exacto de las matemáticas termina por expulsar cualquier consideración moral de sus registros. Por ejemplo, considerar al animal como prójimo, más allá del hecho de que posea sistema nervioso, es una consciencia a la que se llega luego de salvar el escollo de la religión —que niega dicha alteridad del animal— y de la ciencia que, desde su reduccionismo positivista, define y limita la concepción del mundo.

Uno de los descubrimientos en el arte de injuriar, que encuentra Vallejo, es el de señalar cuando se enuncia. Es decir, mientras Vallejo va presentando las características de la iglesia está, al mismo tiempo, señalando sus aberraciones; dice que la iglesia es: “la inquisidora, la torturadora, la falsificadora, la asesina, la fea, la loca, la mala…”, y al enunciarla así la está señalando, insisto. Nombrarla, adjetivarla y a la vez denunciarla es lo que hace Vallejo con la iglesia. Y, se reitera, la dimensión moral es el núcleo de sus ensayos que viran hasta convertirse en verdaderos manifiestos.

Conclusiones inconclusas

Vallejo fue la semilla inicial de esta tesis doctoral. Había algo en ese ecosistema lingüístico que opera como oposición y resistencia. Ese ecosistema tan desprestigiado y subestimado del insulto, a Juan Álvarez le resultó sugerente. Desde ensayistas como Laclau, que defienden el mal llamado populismo, es decir, la experiencia política del pueblo, Álvarez se planta en esas irrupciones de la lengua y del pueblo, de la baja cultura y de los incendiarios irreverentes, para tomarle la temperatura a los modos en que Colombia ha exterminado, censurado, perseguido, exiliado y perpetuado un estado de terror desde su fundación, en defensa de una racionalidad perversa e hipócrita.

No obstante, quiero dejar claro que el libro tampoco es una suerte de rechazo a la racionalidad. No lo es para nada, en lo absoluto. La teoría de acción comunicativa, el diálogo pacífico y atemperado, también es una vía posible de hacer democracia, sin embargo, en la práctica suele fracasar casi siempre. La exploración de este libro es un llamado de atención, tal vez para que observemos esas formas fallidas de la comunicación que sí terminan teniendo repercusiones en la manera como construimos una realidad política.

La experiencia del pueblo también es válida, también es política. El rap es político, el grafiti, el brake dance, los hijueputazos en las marchas, las arengas estudiantiles. Todas esas maneras que tenemos los jóvenes de los barrios populares de ser activos políticamente también construyen sociedad y son nuestro amuleto. La razón y los argumentos judiciales son importantes, pero no menos importante es cantar Nada de Penyair a las tres de la mañana en las montañas marginales de la ciudad, con ese lenguaje soez y vulgar; porque sí, se trata del lenguaje del vulgo, en ese idioma hablamos: el idioma del barrio, de la digna rabia y la risa.

Cristian Camilo Garzón

Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.

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